Las Provincias Unidas de Sudamérica
Una advertencia inicial; si el lector tiene una sólida “posición ideológica” de cualquier signo y no está dispuesto a modificarla ni en un ápice, suspenda aquí la lectura del presente artículo, pues dilapidaría su valioso tiempo. Si a pesar de ello tiene la mente lo suficiente abierta para incorporar nuevos enfoques, sumérjase ya en la misma.
No soy historiador y ni siquiera me aproximo a serlo. Soy simplemente un Licenciado en Economía con gran interés por la historia.
Tengo una visión dinámica de la misma; a mi entender, los acontecimientos de nuestro pasado, son las causas de nuestro presente y también las serán de nuestro porvenir si no se hace nada para cambiarlos.
Hay un hilván de hechos desde el mismo momento en que Juan Díaz de Solís desembarco en el Rio de la Plata en 1516 hasta el presente. Encarar la tarea de revisar nuestro pasado histórico, solo tiene sentido si trazamos a partir de allí el camino para que los sudamericanos hispanoparlantes, podamos construir una potencia mundial como mínimo de segundo orden y dejar atrás éste atraso que hasta el presente se revela sempiterno.
Ese pasado ya ha sido iluminado por autores que han llevado a cabo titánicas tareas de investigación documental y esclarecimiento. Más adelante nos referiremos a ellos en detalle. El presente blog también tiene por objetivo darle visibilidad a la importante obra de estos historiadores; visibilidad que el formato cultural imperante les niega.
En la segunda mitad de mi paso por la escuela primaria, leía y estudiaba la historia argentina con el mismo empeño y afán con que leía, por ejemplo, a Emilio Salgari. Era evidente que algo no estaba bien. Como era posible que temas de naturalezas tan disímiles, yo los enfocara de la misma manera.
En el ciclo secundario, una vez abandonada la lectura de
Emilio Salgari, continuaron las lecciones de historia, si bien para alumnos ya mayorcitos, pero sin desprenderse de esa impronta
fabulosa.
El siguiente paso en mi etapa de estudiante universitario, fue interesarme en la lectura de historiadores revisionistas. Lo más destacado de estos autores, era el hecho de que abominaban a Bartolomé Mitre con la misma intensidad con que endiosaban la figura de su creación: Don José de San Martín. Esto no me convencía, pues ya por entonces me intrigaban las razones por las que el Libertador partiera de Inglaterra en un navío con bandera de ese país en 1812 -en compañía de otros conocidos hombres de armas- para poner pié en el Rio de la Plata, deponer a las autoridades gubernamentales, emancipar a Chile y Perú (aunque en éste país no completo del todo la tarea) y luego pegar la vuelta a Europa.
Llegue entonces a la modesta conclusión de que la presentación de nuestro pasado histórico, era una suerte de relato guionado, de cuento infantil, que ve la luz a finales del siglo XIX casi en simultáneo con el fin de las guerras civiles y la proclamada unidad nacional. Seguramente una cosa iba de mano de la otra, es decir, disponer de una especie de fe de nacimiento, de prosapia nacional, una épica, una narrativa donde hombres preclaros que habían nacido para el bronce, supieron enfrentar a fuerzas opositoras, logrando coronar con éxito su obra; y esta obra era la naciente república. Sin dudas ese guión tenía como objetivo el cohesionar a la ciudadanía alrededor de la idea de un pasado y un destino común. Es decir, lo que significaba ser argentino. Había que construir además, un Padre de la Patria y el elegido fue el General Don José de San Martín, tarea magna que recayó en la pluma de Bartolomé Mitre; historiador éste, que haciendo gala de una gran imaginación, nos presenta un prócer cuyo rotundo éxito resulto ser la clave del fracaso de ésta parte del continente.
A estas alturas, mi único mérito fue descubrir a los autores que echaran luz a mi curiosidad. Se trata de cuatro verdaderos historiadores. Con esto de verdaderos, me refiero a que se encuentran a enorme distancia de ser simples autores de teorías conspirativas. Son estudiosos que fundan sus opiniones en fuentes sólidas, indagando en documentación desclasificada de archivos de distintos países que tuvieron actuación relevante a fines del siglo XVIII y XIX en Sudamérica; además de correspondencia hecha pública entre personajes de la época.
De manera similar a mi incógnita con respecto al viaje de 1812 de José de San Martín al Río de la Plata, me ocurrió con un conocido episodio en la vida de Vladimir Lenin, que partió de Suiza hacia Petrogrado en un tren blindado. No conciliaba esto, con el hecho de que la persona que amenazaba con destruir el capitalismo occidental y no dejar piedra sobre piedra, cruzara Europa protegido de las balas, en pleno teatro de operaciones de la Primera Guerra Mundial.
He tenido la suerte de leer a destacados historiadores que me aclararon sobre este tema; Orlando Figues en su libro “La Revolución Rusa 1891-1924” y Anthony Sutton en “Wall Street y la Revolución Bolchevique”. Lenin había resultado ser un agente alemán y ejecutor de una agenda elaborada en Nueva York. También se trata en estos casos de hechos documentados y no de especulaciones conspirativas.
Recomiendo muy especialmente a los devotos de izquierda, la lectura de estos dos autores.
Respecto a los cuatro historiadores argentinos mencionados con anterioridad; se trata de Emilio Ocampo (La Independencia Argentina, de la fábula a la historia), Rodolfo Terragno (Maitland y San Martín), Juan Bautista Sejean ( San Martín y la tercera invasión inglesa) y Antonio Calabrese ( José de San Martín ¿un agente inglés?). Hay diferencias en los enfoques de estos escritores respecto a la caracterización del Libertador. Los dos primeros se inclinan por un perfil anglófilo del Padre de la Patria y los dos últimos por un definido rol de agente británico. A mi juicio, por supuesto, la discusión al respecto es banal; lo cierto es que José de San Martín cumplió con el plan británico para la parte meridional de las colonias españolas de Sudamérica: su disgregación.
Otra cuestión que diferencia las valiosas investigaciones de estos cuatro autores es el enfoque de Juan Bautista Sejean, en tanto que vincula la Sudamérica Hispana desgarrada en nueve repúblicas (si podemos llamarlas así, más allá del aspecto jurídico) con el atraso económico y social en que están inmersas cada una de ellas. Propone además este autor, la unidad política como palanca para su prosperidad e ingreso al Siglo XXI.
Transcribimos a continuación cita de Juan Bautista Sejean sobre el particular:
“Cuando en el capítulo inicial adjudiqué a San Martín alguna
responsabilidad en el estado de cosas que impera actualmente en Sudamérica, no
estaba haciendo una apreciación infundada ni mucho menos. Pienso —más aún,
estoy convencido plenamente— que la más importante causa del atraso económico,
social y político que sufre hoy América latina hay que buscarla en el
desmembramiento territorial de las colonias españolas. De ahí mi imputación
toda vez que el general de los Andes fue, precisamente, uno de los artífices de
ese trágico hecho.”
Ese es el punto. Juan Bautista Sejean da de pleno en la tecla. De eso se trata el presente blog; como dijimos al principio, qué sentido tiene revisar nuestro pasado si no es para intentar cambiar nuestro porvenir.
Continúa el autor:
“El extraordinario
desarrollo económico alcanzado rápidamente por la potencia del norte fue
producto, naturalmente, del esfuerzo mancomunado y solidario de sus habitantes,
pero también fue muy importante la visión y la decisión de su clase dirigente
que además de organizar y consolidar las instituciones políticas no dudó en
ampliar y en extender los límites de la unión a cualquier precio y por todos
los medios a su alcance, lícitos o no. Hoy Estados Unidos no sería lo que es si
la federación hubiese quedado reducida a las trece colonias fundadoras de la
nación.
El proceso inverso
—que hoy debemos revertir— se dio en la América española. Como reacción en
cadena, aparte de las segregaciones que ya vimos, se produjeron las de
Venezuela y Colombia, la de Panamá —provocada por intrigas estadounidenses para
construir el canal—, la de Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Costa
Rica, cuando en 1839 se disolvió la federación que habían constituido bajo el
nombre de Provincias Unidas de Centro América, dando nacimiento a cinco
pequeñas repúblicas independientes.
El panorama desolador
que exhibe actualmente nuestra América latina en materia sanitaria,
educacional, de desarrollo económico, tecnológico, etc., seria sensiblemente
distinta, mucho menos grave, sin duda, si tales separaciones y amputaciones
territoriales no hubiesen ocurrido.”
Reiteramos entonces, si vamos a revisar nuestro pasado, lo haremos para poner el foco en reparar el daño que el éxito de José de San Martín y los fracasos de Francisco Miranda y Simón Bolívar (como veremos más adelante) acarrearon a esta parte del mundo de habla castellana.
Dividiremos el trabajo en cuatro etapas: 1) El Desmembramiento de la Sudamérica Hispano Meridional, 2) El Desmembramiento de la Sudamérica Hispano Septentrional, 3) La Integridad Territorial de la Sudamérica Lusitana y 4) La Unión de la Sudamérica Hispana.
El Desmembramiento de la Sudamérica
Hispano Meridional
El despiece de esta parte de Sudamérica operó bajo tres formas diferentes: Argentina, Chile, Perú y Bolivia gracias a la acción sanmartiniana, Paraguay producto de la soberbia porteña y Uruguay con la intervención directa del Foreing Office.
Argentina, Chile, Perú y Bolivia
Respecto a la acción sanmartiniana, se basa en la
desobediencia a las autoridades criollas y en su ciego acatamiento a la
estrategia imperial británica, (al fin y al cabo, dos caras de la misma moneda).
La fatal combinación de estas dos
decisiones (o una sola, según como se mire), llevaron a que hoy tengamos cuatro
“repúblicas” de dudosa viabilidad y nulo peso en el concierto de naciones.
Desobediencia
El accionar
político del Libertador tiene los siguientes hitos: la renuncia a comandar el Ejercito del
Norte (en reemplazo del General Belgrano) como le fue ordenado; la negativa de enviar delegados chilenos a la
Asamblea de las Provincias Unidas también contrariando mandato expreso del
gobierno. Y por último, desoír la orden de Buenos Aires de regresar con
su ejército para hacer frente a un
inminente desembarco de tropas
españolas en el Río de la Plata, cosa que por último no ocurrió.
Respecto al primer punto transcribimos palabras
de Calabrese: “El abandono que hace en
1814 cuando renuncia a la comandancia del Ejército del Norte, significaba, como
ocurrió, la traición del virreinato a las provincias del Alto Perú y la pérdida
definitiva de ellas, que constituyen después la República de Bolivia.”
Continúa
Calabrese: es “”otra de las
circunstancias que rodean a la gesta sanmartiniana, que a nuestro entender demuestra
que su accionar no estaba determinado por el amor al terruño patrio ni por el
respeto a su gente y a sus sacrificios, sino, sólo a cumplir las indicaciones
que servirían a terceros, es decir a los ingleses, es el abandono de las cuatro
provincias del norte del Virreinato del Río de la Plata, ahora Provincias
Unidas, las que tanto habían luchado por la libertad en contra del absolutismo,
el “Carlotismo” una variante sudamericana de él, y los franceses, (debiendo
recordarse el amotinamiento de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809 y la
sublevación de La Paz el 16 de julio del mismo año, ambas ocurridas un año
antes del Cabildo Abierto porteño de 1810) y que tanta sangre nativa,
americana, les costara, entre ella nada menos que la de sus líderes, que fueran
ahorcados y decapitados, como Murillo, Jaén, Sagamaga, Catacora, Figueroa,
Giménez y Graneros. Estos hechos y su feroz represión dejaron en el pueblo un
acendrado rencor solamente soportado por la esperanza de la reivindicación que
de ellos hiciera el ejército de las Provincias Unidas a las que pertenecían. Esto
ocurrió así hasta que San Martín resolvió abandonarlas a su suerte. Es del
denominado Alto Perú, el territorio del que estamos hablando, cuyo intento de
rescate, además, tanto sacrificio le había costado a Castelli y a Belgrano, y a
las tropas y soldados argentinos cuyas vidas quedaron ofrendadas para siempre
en la inmensidad de la Puna, los que no fueron tenidos en cuenta cuando
renunció bajo pretextos a la comandancia del Ejército del Norte.””
En cuanto al
segundo punto, el mismo Antonio Calabrese nos informa: “”Cuando se le pedía que, liberado Chile, mande diputados a la Asamblea
de las Provincias Unidas no sólo no lo hace sino que declara la independencia
de ese país, es decir se niega a intentar constituir un estado bioceánico de
poderosas proyecciones para el control de los océanos Atlántico y Pacifico
según los medios de la época. Esta actitud es un grave desacato, además de un
crimen geopolítico imperdonable; no hay más que leer las instrucciones que le
remitiera Pueyrredón antes de partir: “Aunque como va pre venido, el general no
haya de entrometerse por los medios de la coacción o el terror, en el
establecimiento del gobierno supremo permanente del país, procurando hacer
valer su influjo y persuasión, para que envíe Chile su diputado al congreso
general de las Provincias Unidas a fin de que se constituya una forma de
gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causas,
intereses y objeto, constituye una sola nación...” para darse cuenta de la
magnitud de la desobediencia.””
Juan Bautista
Sejean, nos ilumina en el mismo sentido, aludiendo al historiador Pérez
Amucháustegui :
“Por su parte, Pérez Amucháustegui, hace consideraciones sobre bases objetivas que
revelan un trato fluido de San Martín con el gobierno inglés. El nombrado nos cuenta que el vencedor de
Chacabuco, después de esa batalla se vio precisado “a modificar parcialmente su
primitivo programa, pergeñando nuevos planes que esperaba serían apoyados por
Inglaterra!'. Y continúa: “Y en la primera oportunidad propicia, Chile se
separaría formalmente de las Provincias Unidas, declarando su independencia con
toda solemnidad bajo el amparo de San Martín y su ejército”.
Acatamiento
Haber vestido el uniforme de España no fue suficiente para generar en San Martín, nobles sentimientos por ese país, sin hablar de sus hermanos que aún lucían ese atuendo o de sus padres, ambos españoles. En el hecho de haberse destacado en Bailén y Albuera, supongo pesaba mucho su antipatía por Napoleón y todo lo que trasuntaba a república.
Para ser honesto, su participación en ésta última batalla es dudosa. Hay autores que afirman su presencia; otros sin embargo, sostienen que por entonces era ayudante de campo del Marquéz de Coupigny (francés al servicio de España) destacado en ese momento en Andalucía. Y hay terceros que lo ubican al mencionado Marquéz combatiendo en Albuera. Este no es un episodio menor y alguna vez debería ser aclarado definitivamente, en tanto la batalla en cuestión que tuvo lugar en 1811 en suelo español, tenía como comandante general del ejército aliado (ingleses, españoles y portugueses) con asiento en Portugal, a William Carr Beresford. Este militar es el mismo que se fugara de su cautiverio en Buenos Aires, gracias a los servicios de Saturnino Rodríguez Peña, luego de su derrota a manos de los propios compatriotas del Libertador durante la primera invasión inglesa en 1806 la cual comandaba.
Sobre el particular, Antonio Calabrese, apelando al historiador José María Rosa, cita lo siguiente: ““después de recordar (JMR) que (San Martín) había combatido en Albuera, tras la batalla de Bailén, a las órdenes de Beresford, aquel que acababa de huir de su prisión rioplatense concluida la reconquista de Buenos Aires, hace mención a que “...deja su importante cargo en la Isla de León pidiendo ‘retiro para pasar a Lima’; pero se embarca subrepticiamente a Londres, donde un amigo -Lord Mac Duff-, que combatía voluntariamente en España le había conseguido pasaporte y recomendaciones.””
De llegar a confirmarse la especie, sería el último clavo en el ataúd; con el extraordinario hallazgo de Rodolfo Terragno, por el momento, es más que suficiente.
Nos dice Rodolfo Terragno: “Descubrí el Plan Maitland mientras revisaba cartas y documentos de
oficiales escoceses de principios del siglo 19. Mi pretensión era encontrar, en
aquel pajar, alguna aguja. Recorría los manuscritos en busca de referencias a
Sudamérica, en particular al Río de la Plata y, quizás, a San Martín.
Uno de los archivos en
los cuales trabajé es la colección Steel-Maitland: papeles privados que se
encuentran bajo la custodia del Archivo General de Escocia ( Scottish Record
Office ). Eran varios los oficiales de la familia Maitland para tener en
cuenta. SirThomas (1759-1824) era, a primera vista, uno de los menos relevantes
para mi investigación. Entre 1806 y 1811, había estado en Ceilán, sin participación
alguna en el acontecimiento que puso a San Martín en relación con Gran Bretaña:
la guerra de la Península.
Un día hallé, en el
inventario de los papeles de Maitland, algo que me conmovió. Era una referencia
a 47 hojas manuscritas, sin fecha, que un funcionario del Archivo General de
Escocia había registrado bajo el siguiente título:
“Plan para capturar
Buenos Aires y Chile y luego ‘emancipar’ Perú y México ”.
La mención de México
-descubrí más tarde- era un error: el objetivo del plan era la emancipación de
Perú y Quito (el actual Ecuador). Al exponer su plan, Maitland escribió dos
veces “México” en lugar de Quito , pero luego advirtió el error: en ambos casos
tachó “México” y escribió, abajo, “Quito”. Sin embargo, omitió corregir el mismo error al final del plan, cuando lo
sintetizó diciendo que el objetivo sería “indudablemente la emancipación de
Perú y México”. Esto confundió al funcio
nario del archivo escocés.
El Plan Maitland no se
refiere en absoluto a México. No tiene sentido suponer que Maitland, quien
concibió un largo y muy detallado plan para atacar Perú desde Chile, haya
tratado una expedición aún más ambiciosa -de Perú a México- como una mera
extensión que no requería planeamiento adicional. Según lo indican sus propias
correcciones al texto, Maitland estaba pensando en Quito (Ecuador), no en México.
Por lo tanto, el título de su plan debería ser:
“Plan para capturar
Buenos Aires y Chile y luego ‘emancipar’ Perú y Quito”.
¿Qué pergeño el militar británico para acabar con el dominio
español en Sudamérica? Nos lo dice Terragno: 1) Ganar el control de Buenos Aires - 2) Tomar posiciones en Mendoza - 3)
Coordinar acciones con un ejército en Chile - 4) Cruzar Los Andes - 5) Derrotar
a los españoles y conquistar Chile- 6) Continuar por mar a Perú- (7) Emancipar
al Perú.
Detallar del plan “emancipador” resulta ocioso. Excepción hecha del punto uno, es decir del primer golpe de estado acaecido en este suelo y cuidadosamente silenciado por la historia oficial, creo que cualquier alumno de sexto grado lo recita de memoria en cuatro palabras, con las patrióticas donaciones de las patricias mendocinas incluidas.
El propio Rodolfo Terragno nos lo recuerda en un cuadro
comparativo: plan de emancipación sanmartiniano: 1) Ganar el control de Buenos Aires - 2) Tomar posiciones en Mendoza -
3) Coordinar acciones con un ejército en Chile - 4) Cruzar Los Andes - 5)
Derrotar a los españoles y conquistar Chile- 6) Continuar por mar a Perú- (7)
Emancipar al Perú.
Lo importante aquí es demostrar la tremenda coincidencia entre lo escrito por Maitland en un papel y como 21 años más tarde un general sudamericano lo lleva a la práctica a pie juntillas.
Como dos gotas de agua.
Ya más entrado el siglo XIX, hubo dos intentos de unificar los territorios del antiguo Virreinato del Perú: la Confederación Peruano-Boliviana (1837-1839) y el Reino Unido de Ecuador, Perú y Bolivia (1846). La Confederación fue ideada por el Mariscal Andrés de Santa Cruz y rápidamente suscito el rechazo de peruanos y bolivianos opositores y el de Chile, que vio en esta alianza una amenaza a sus intereses. Juntos con el gobierno de la Confederación Argentina, le pusieron fin por la vía de las armas.
Juan José Flores, presidente de Ecuador, desilusionado con el sistema republicano, pensó en una monarquía que abarcara tres países, con un Borbón en el trono y se llamaría pomposamente: Reino Unido de Ecuador, Perú y Bolivia. Conjuntamente con María Cristina de Borbón, financiaron el proyecto que consistió en el reclutamiento de mercenarios, adquirir armamentos y tres naves de guerra. Inglaterra evaluó rápidamente que el proyecto comprometía sus intereses comerciales y el gobierno de su majestad procedió a incautar los tres buques fondeados aún en Londres.
El intento de restaurar la dinastía Borbónica en América murió antes de nacer. Un aborto en toda la regla. Los mezquinos intereses localistas, la estrecha y cerril visión aldeana y el clarísimo y contundente accionar británico, fueron pilares para mantener y asegurar la desunión de nueve “repúblicas” sin futuro.
Paraguay
El divorcio
de este pueblo hermano, de las Provincias Unidas, comenzó a gestarse en el
Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810 en Buenos Aires. Se planteaba en esa
Asamblea la necesidad de que el pueblo asumiera la soberanía ante la caducidad
de la autoridad del virrey derivada del nuevo escenario político en España. El
funcionario de la Real Audiencia Manuel Villota compartía este punto de vista,
pero discrepaba en que sea el pueblo de Buenos Aires el que asumiera el poder
de manera unilateral, sin consultar previamente al resto de los pueblos que
conformaban el prácticamente extinto Virreinato. Su ponencia no fue aceptada y
la Junta Provisional asumió en solitario en reemplazo del virrey Cisneros.
Con
posterioridad las nuevas autoridades informaron al resto de los pueblos del ex
Virreinato sobre las decisiones tomadas, reclamando el acatamiento a la
flamante Junta Provisional. Esta Junta designa entonces a José Espínola y Peña
para llevar el reclamo (acatamiento) a Asunción. Es declarado poco menos que
“persona no grata” y huye de vuelta a Buenos Aires salvando su pellejo. A fin
de “convencer” al pueblo paraguayo de lo ventajoso de subordinarse a la
autoridad de Buenos Aires, se envió una expedición militar al mando del General
Manuel Belgrano, la que resultaría un rotundo fracaso. De ahí, a la declaración
de un Paraguay orgulloso e independiente, habría un solo paso.
Respecto al episodio
de la expedición de Manuel Belgrano, nos dice la historia oficial, con ese
estilo romanticón y melifluo, que el gobierno porteño le encomienda al General,
llevar las ideas de la soberanía y la
libertad a tierras guaraníes. Una absoluta estupidez.
El destino
tendría reservado a las fuerzas porteñas, una segunda oportunidad.
En 1864, se desata la Guerra de la Triple
Alianza. El Mariscal Francisco Solano López solicita al presidente argentino
Bartolomé Mitre autorización para atravesar territorio argentino y poder así atacar
al Imperio del Brasil. Desoye la negativa de Mitre y ocupa Corrientes. Fatal
decisión. Es el justificativo que esperaba el presidente argentino para
involucrarse en el conflicto. Lo cierto es que nuevamente tropas porteñas, en
alianza con brasileñas y uruguayas, vuelven a intentar el sometimiento del
pueblo guaraní como había ocurrido 54 años antes; pero esta vez con un éxito
total.
Como
resultado de la catástrofe, Paraguay pierde 170.000 km2 de su
territorio aproximadamente y su
población es diezmada drásticamente.
No es objeto
evaluar aquí, si Francisco Solano López fue un gran estadista o un bárbaro y
tirano, como de manera tan contradictoria lo juzgó Bartolomé Mitre en dos
oportunidades en un breve período. Solo señalar la desgracia de la secesión del
Paraguay.
Uruguay
Si de
destacados pensadores sudamericanos hablamos, es imposible no mencionar a Julio
María Sanguinetti. Periodista, escritor, crítico de arte, ex presidente de
Uruguay. De las cualidades intelectuales del autor tenía noticias por haberlo escuchado
alguna vez en una entrevista por televisión.
No es
frecuente oír a uruguayos hablar del génesis, del acta de nacimiento, del
origen constitutivo de su país. Con sólidos fundamentos y sin ambages, nos lo cuenta Julio María
Sanguinetti en nota publicada por el diario La Nación del 02/09/2024. Respecto
al artículo en cuestión, es una pieza imperdible y pone las cosas en su sitio
definitivamente.
De la
siguiente manera nos informa Sanguinetti: “Hay
años que resultan marcantes en sus consecuencias históricas. Episodios
aparentemente singulares, al inscribirse en el devenir de los acontecimientos,
terminan anudados. Y 1828 es uno de ellos. Es nada más ni nada menos que la paz
entre las Provincias Unidas y el Imperio de Brasil, de la que resulta la
independencia de la hoy República Oriental del Uruguay. El año termina, en
diciembre, con el trágico episodio del fusilamiento de Dorrego por Lavalle, que
será fuente de discordia hasta hoy.
Motiva este recuerdo que este 25 de
agosto el Uruguay celebró el 199 aniversario de lo que oficialmente se proclama
como Día de la Independencia, aunque en realidad lo es con respecto a Brasil
pero no con las Provincias Unidas a las que en ese acto retorna la Provincia
Oriental.
Los acontecimientos de 1825 nacen con
el desembarco de los “treinta y tres orientales” en la Playa de la Agraciada,
luego de partir desde San Isidro al mando de Juan Antonio Lavalleja.
La Provincia Oriental había pasado a
dominio portugués, luego de la derrota del artiguismo, que había perdido
Montevideo ante las fuerzas del brigadier Lecor en 1817 y sucumbirá
definitivamente en la batalla de Tacuarembó en enero de 1820. En el ínterin,
Brasil se separa de Portugal proclamando su Imperio, en el Grito de Ipiranga de
7 de septiembre de 1822: el rey don Juan VI había retornado a Portugal y su
hijo Pedro se sublevó, quedándose en Brasil y proclamando su independencia en
calidad de Imperio. Este episodio pone de relieve la diferencia sustantiva de
los procesos de independencia en la América hispánica y la lusitana. Brasil era
una monarquía y la independencia ocurre dentro de la monarquía. No hay
revolución, ni héroes de la misma, ni aun un ejército que construyera una
tradición de combates como lo ha sido entre nosotros. Recuerdo que Lula, en su
primera presidencia, dijo con mucha gracia que cuando viajaba ponía flores a
los grandes héroes de todos los países y que cuando a él le tocaba recibirlos
no sabía qué héroe mostrarles, salvo Pelé o Ayrton Senna...
De todo esto resultó un Brasil unido,
que logró preservarse como tal pese a los numerosos intentos separatistas que
se dieron en Bahía, en Pernambuco y en Río Grande del Sur. Esta digresión se
hace necesaria cuando muchas veces nos cuesta entender los modos de actuar de
este enorme país que siguió siendo monarquía hasta 1889.
El hecho es que desembarcado
Lavalleja el 19 de abril de 1825, pactará con Fructuoso Rivera, el otro gran
caudillo, se instalará una Junta de Gobierno y una Sala de Representantes de
los pueblos que el 25 de agosto proclamará la independencia de Brasil y su
retorno a las Provincias Unidas. Naturalmente, era un audaz acto de fe, porque
precisaba derrotar al poderoso ejército imperial. Rivera triunfa en Rincón,
donde muere el general João Propicio Mena Barreto y el 12 de octubre Lavalleja,
en la batalla de Sarandí, vence al general Bento Manuel Ribeiro. Reincorporada
la Provincia Oriental a las Provincias Unidas, el Imperio declara la guerra y
la flota imperial iniciará un bloqueo del puerto de Buenos Aires, que sufrirá
incontables penurias. Es un corte drástico del comercio y una pérdida
insuperable de recursos financieros.
La guerra se hace penosa. En febrero
de 1827, Alvear derrota al marqués de Barbacena en Ituzaingó pero luego la
situación se estanca. Rivadavia, acosado por la crisis, envía a Manuel García a
negociar la paz en Río de Janeiro. Lo hace reconociendo que la Provincia
Oriental quede en el Imperio, lo que produce una pueblada en Buenos Aires, el
rechazo del acuerdo por el propio Rivadavia, que termina renunciando a su corta
presidencia. Asume entonces Dorrego, que intenta también, desesperadamente,
poner fin a la guerra. Su ministro de Hacienda renuncia
porque “las arcas del Estado están vacías y no hay formas de llenarlas”. El
mismo Dorrego dice que “no hay una bala en el parque”, “no hay un fusil, ni un
grano de pólvora”.
Toda esta negociación, en sus idas y
venidas, avances y fracasos, tuvo un actor fundamental que es lord Ponsonby. La
mediación británica la habían pedido las dos partes y más allá de tesis
conspirativas sobre su propósito, lo incuestionable es que Inglaterra lo que
quería era la libertad de los ríos para comerciar. No era incorporar nuevas
colonias ni asumir un rol de garante de los acuerdos políticos o de límites,
como reiteradamente lo rechazó Canning. Despectivamente, Napoleón calificaba a
Inglaterra de “nación de tenderos” y si por eso entendemos un imperio eminente
comercial, no hay duda de que así lo fue porque así lo quiso. Quería paz para
comerciar.
Así llegamos a otro episodio
fundamental en abril de 1828: la reconquista de las Misiones por Fructuoso
Rivera. Solo apoyado por el santafesino Estanislao López y perseguido por
Lavalleja, Dorrego y aun antes Rivadavia, logró en veinte días una acción
fulgurante y decisiva. Esa fue la razón para que el Imperio entrara en razón.
El presidente de la Provincia De San Pedro lo dice con todas las letras,
reclamando apoyo porque el caudillismo de Rivera lo puede llevar rápidamente a
conquistar Río Pardo y hasta Porto Alegre.
Ahí el Imperio claudica. Teme perder
Río Grande incluso. Y se firma la Convención Preliminar de Paz, en otro agosto,
el día 27 de ese 1828. Dorrego, entusiasmado por la reconquista de las
Misiones, a última hora quiere darse vuelta pero Guido y Balcarce, desde Río,
le dicen que ya es tarde. Esto también le será caro a Dorrego, porque cuando
vuelven defraudados los militares argentinos, tendrán en Lavalle el ejecutor de
ese resentimiento. Rivera, desde las Misiones, dirá sobre su fusilamiento: “…la
imaginación me pinta una cadena de males interminables, cuyo primer eslabón
bañado de sangre nace de la tumba del desgraciado Dorrego”.
La independencia uruguaya, como se
advierte, reconoce una larga gestación, de 17 años, entre 1811 y 1828, con un
sabio partero, lord Ponsonby. Fue esperanza para los que después nos llamamos
uruguayos. Dramática para los gobernantes argentinos. Tanto Rivadavia como
Dorrego pagaron caro la paz con el Imperio y el desgajamiento de la Provincia.
Pero todos, de un modo u otro,
contribuyeron a forjar una historia que nos sigue inspirando.”
Queda todo
dicho respecto al surgimiento de Uruguay como república independiente.
El Desmembramiento de la Sudamérica
Hispano Septentrional
En este
segundo capítulo de nuestra desgracia continental (en realidad tiene lugar
simultáneamente en la época que transcurre el primer capítulo), Francisco
Miranda y Simón Bolívar son actores fundamentales. Francisco Miranda es el mentor, el ideólogo de la independencia de
las colonias españolas de América y su reunión en una sola nación. Simón
Bolivar fue uno de sus discípulos y superó al maestro en su visión continental:
incluía en esa nación, el territorio actual de los EEUU y el Imperio del
Brasil. La concepción territorial de ambos (particularmente la de Miranda que
era acotada a los pueblos de habla hispana) la podemos vincular al concepto actual de
“Patria Grande”, acuñado o popularizado por los historiadores revisionistas y
en boga entre sus actuales adherentes. Era un proyecto – el de los
Libertadores- de dimensiones imposibles,
difícil de concretar y conservar, ante las distancias enormes y los rudimentarios
sistemas de transporte y comunicaciones de la época. Hoy mismo la idea de
“Patria Grande”, de Sonora y Chihuahua a Tierra del Fuego, suena más bien a
eslogan político-ideológico que a una meta alcanzable.
La experiencia más cercana a su idea que logró
Simón Bolívar, fue la conformación de la Gran Colombia que llego a reunir bajo
una misma bandera a Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá. Supongo que la clave
del fugaz éxito de ésta unidad de países sudamericanos, se debe a que heredan
la tradición administrativa del antiguo Virreinato de Nueva Granada más la
Capitanía General de Venezuela. Estuvo vigente entre 1819 y 1831. Los apetitos,
intrigas y enfrentamientos locales, alentados por los intereses comerciales de
Inglaterra, terminaron con la flamante unión. Francisco Miranda fallece en 1816
y no tuvo tiempo de vivir el experimento. Simón Bolivar fallece un año antes de
la extinción de la Gran Colombia.
Francisco
Miranda era un ferviente anti hispano, a pesar de haber revistado bajo esa
bandera como José de San Martín. Combatió en sus filas durante las guerras de
la independencia norteamericana contra los ingleses (1775-1783), en el afán de
España de recuperar La Florida. Por el contrario, no hay datos que confirmen a
Simón Bolívar prestando servicios en el ejército español.
Cuando
concibe Francisco Miranda, la idea de la emancipación de las colonias españolas
de la metrópoli, se vuelca decididamente a solicitar el apoyo de
Inglaterra. Su ambicioso proyecto
continental lo presenta al gobierno británico en 1790, el cual a pesar de ser
seductor a los intereses de Inglaterra, la frágil tregua entre España y ese
país obliga a archivar los planes.
En 1806, un
año después de la batalla de Trafalgar (alianza naval de hispanos y franceses
contra Inglaterra), Miranda obtiene en Nueva York el apoyo de
norteamericanos e ingleses, e intenta el
desembarco en Venezuela. En el mes de febrero fracasa en su misión pero tiene
éxito en agosto del mismo año, con el apoyo del gobernador inglés de Trinidad,
aunque luego debe abandonar su tierra natal al no recibir el respaldo que había
imaginado de parte de sus compatriotas. Tuvo una nueva oportunidad en 1810
cuando es convencido por Simón Bolívar (de misión diplomática en Londres donde
se contacta con Miranda) de regresar a Venezuela y lo hace con el rango de
Generalísimo. Luego de firmarse el Acta de la Independencia de Venezuela debe
enfrentar a las fuerzas realistas que invaden el territorio, las cuales se
alzan con la victoria y se ve obligado a deponer las armas. Esta fue la última
aparición pública del Precursor, terminando sus días en una celda de la
Inquisición en España.
Tuvo Francisco
Miranda, más éxitos militares durante la guerra de la independencia norteamericana
y la revolución francesa (su nombre está grabado en el Arco de Triunfo de
Paris) que en su propia patria; pero su
visión integradora, ahora mucho menos ambiciosa, es recogida por Simón Bolívar
quien logra plasmarla en la efímera República de la Gran Colombia.
Hay
diferencias abismales en las visiones sobre el futuro de América, entre José de
San Martín por una parte y Francisco Miranda y Simón Bolívar por otra.
Sobre
nuestro Padre de la Patria ya nos hemos extendido más que suficiente. Francisco
Miranda y Simón Bolívar tenían, con diferentes matices diría geográficos, un
arraigado concepto de que la unión territorial después de la ruptura con la
metrópoli, debía asegurarse a toda costa. Garantía de grandeza nacional y
respeto internacional. Ya lo expone Miranda en su proyecto de una América
hispanoparlante en 1798 y Bolívar en el Manifiesto de Cartagena (1812), la
Carta de Jamaica (1815) y el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826); a tal
punto que Bolívar ve con desagrado la declaración de independencia de Bolivia
luego de la victoria del Mariscal Sucre en Ayacucho. La república hermana lleva
ese nombre en homenaje al Libertador con el afán de aplacar los ánimos.
Cumpliendo
Bolívar su misión diplomática en Londres, solicita al gobierno británico su
apoyo para la causa de la independencia sudamericana. Recibe la misma respuesta
que Francisco Miranda algunos años antes.
Era evidente
que el Imperio Británico visualizaba a Francisco Miranda y a Simón Bolívar de manera diferente
que a José de San Martin; y así fue la relación
que estableció con ellos. Si bien eran los dos primeros, hombres con
contactos de primerísimo nivel internacional y también con una muy atractiva y decidida
voluntad de echar a España de América, eran al fin y al cabo, dos jóvenes
absolutamente convencidos de la necesidad de conservar la unidad territorial y
política del continente. Además de la adhesión de ambos a las ideas del
enciclopedismo, la ilustración y las formas republicanas.
El apoyo a
Francisco Miranda en su primer y segundo desembarco en Venezuela en 1806 como
relatábamos más arriba, fue con colaboración inglesa, podríamos decir, “no
oficial”. Inglaterra ese mismo año pone todos sus recursos, invadiendo por
primera vez, las costas de Buenos Aires con su ejército regular.
De la misma manera
“no oficial”, Simón Bolívar recluta entre sus filas a ex militares británicos
(ingleses, escoceses e irlandeses); es decir, mercenarios, una suerte de
corsarios de a caballo.
José de San
Martín, por el contrario, diría que pertenecía al círculo íntimo del poder
británico; formaba parte de la red, del
entramado de viajeros, comerciantes, espías, militares, lores, embajadores y
representantes de la corona, con los cuales mantenía una muy fluida relación
personal. Era el “hombre de confianza”, además de su indudable talento militar,
organizativo, espíritu de sacrificio y como frutilla del postre, secesionista y
de ideas monárquicas. Los cuatro historiadores argentinos mencionados más
arriba, se extienden en este tema con sumo y muy documentado detalle.
Del fracaso
conjunto entonces, de ambos próceres venezolanos, también estamos pagando
graves consecuencias.
La Integridad Territorial de la
Sudamérica Lusitana
Que a nadie
le quepan dudas: a la República Federativa de Brasil la componen hoy día 26 estados miembros, solo
porque el Imperio Británico en el Siglo XIX así lo quiso.
Para
comprender como no solo las colonias portuguesas en Sudamérica lograron
preservar su unidad territorial, sino además extenderla a costa de territorios
españoles, es imprescindible rastrear la
relación que forjaron Portugal e Inglaterra a partir de la segunda mitad del
siglo XVII. El Reino de Portugal se constituye en 1640 cuando logra separarse
de la corona española.
Por entonces
Inglaterra jugaba su destino en una guerra fratricida, entre una república o
una monarquía (absoluta o parlamentaria). En busca de aliados para sostener el
flamante reino contra cualquier intento de España de acabar con él, los
portugueses apoyan la causa realista en Inglaterra en contra de los
republicanos. Sella un pacto con los Estuardo donde concede, entre otras cosas,
algo muy apetecible para la Albión: autorización para comerciar con sus
colonias de Sudamérica. Contrariamente a España, que defendía de manera
obstinada el monopolio comercial con sus dominios.
Cuando la
suerte de las armas se inclino a favor de los republicanos, las relaciones con
Portugal se tensaron y terminan con un acuerdo donde Portugal amplia
concesiones a Inglaterra y ésta, a través de Oliver Cromwell, el hombre fuerte
de la fugaz república, se compromete con
el respaldo a Portugal frente a España.
Al caer la
república y restaurarse la dinastía de los Estuardo, la alianza entre
Inglaterra y Portugal queda sólidamente ratificada en un nuevo acuerdo también de
importantes concesiones comerciales para los ingleses y valiosa asistencia
militar y naval para Portugal. La relación política entre ambas potencias queda
remachada con un ansiado matrimonio dinástico.
La alianza
entre Portugal e Inglaterra resistió el paso del tiempo. El propio Napoleón
Bonaparte termina, es cierto, invadiendo España, hecho del cual estaría
profundamente arrepentido, pero su primer acto fue pedir permiso a las
autoridades españolas para atravesar su territorio (permiso que le fue
concedido) y atacar Portugal. Este país era la cabeza de playa de las fuerzas
británicas y el Emperador ya no podía atacar por mar, especialmente luego de la
derrota en Trafalgar.
La
conclusión es que el Imperio Británico no tenía entonces, ninguna necesidad de
desmembrar lo que hoy es Brasil. No solo comerciaba libremente con él, sino que
además tenía a las colonias españoles a tiro de culebrina.
La
permanente agresión a los dominios españoles, ignorando lo convenido en el Tratado
de Tordesilllas, fue funcional a los intereses de Inglaterra. Tanto en su
versión colonial como en la de imperio independiente, las autoridades de Río de
Janeiro no se detuvieron en su avance hacia occidente; o tolerando, cuando no
alentando, la incursión de los bandeirantes por el norte o con su ejército regular
por el sur. Vale recordar que la parte sur occidental del actual territorio del
estado de Río Grande do Sul, como transitoriamente la Banda Oriental, fueron
arrebatados al Virreinato del Rio de la Plata y a las Provincias Unidas
respectivamente.
Brasil tuvo
tres experiencias secesionistas bajo la vigencia del Brasil independiente: la
Confederación del Ecuador en 1824 que abarcaba Ceará, Paraíba, Río Grande do
Norte y Pernambuco; la República de Río Grande en 1835-1845 y la República de
Santa Catarina, también llamada República Juliana en 1839; sueños separatistas
a los que le pone fin el ejército imperial.
En este
punto en importante recordar al marino británico Thomas Cochrane. Militar
extremadamente audaz, valiente, ingenioso y de temperamento rebelde que le
valió la baja y deshonra de la Armada Real en 1817 y restablecida en 1832.
Durante esos 15 años anduvo de correrías, entre otros sitios, por Sudamérica.
Lo hacía al estilo corsario, es decir, cobraba sus “honorarios” echando manos
al fondo o botín del que lograba apoderarse.
Thomas
Cochrane fue el jefe de la flota naval, además, integrada exclusivamente por
oficiales británicos; flota que traslado durante esa época, las fuerzas de José
de San Martín de Chile a Perú. Pero también lo vemos actuar en la costa
atlántica de Brasil.
En 1823
Bahía estaba aún bajo control portugués (recordamos que Brasil se declara
independiente en 1822) y es entonces cuando el marino británico bloquea Bahía y
logra la capitulación del último bastión lusitano. El intento secesionista de
la Confederación del Ecuador de 1824 que mencionábamos más arriba, también en
el contexto del Brasil independiente, es blanco de la artillería del la flota
de Cochrane, la que obliga la rendición de la efímera Confederación y el
retorno a la unidad territorial brasileña.
A pesar de
haber estado Thomas Cochrane durante ese período sancionado por la Armada Real,
conserva intacta la visión estratégica del Imperio Británico para Sudamérica. Es
separatista en el Pacífico a costa de las colonias hispanas e integrista en el
Atlántico, ayudando a consolidar la unidad política del Brasil.
Con la
inauguración de la República Oriental del Uruguay, el Imperio Británico aseguraba
la libre navegación de los ríos de la cuenca y ya contaba con acuerdos de libre comercio con el
Imperio de Brasil, razón más que suficiente para no enemistarse y debilitar al
socio; por lo tanto, que riograndenses, catarinenses y pernambucanos continúen siendo brasileños. El camino quedo
allanado para que hoy y enhorabuena, Brasil sea reconocido como una potencia de
segundo orden.
Siglo XIX;
dos imperios en armonía, comerciando con el azúcar y traficando con esclavos
uno de ellos y el otro introduciendo libremente sus manufacturas. Que más
pedir. Los británicos tenían las manos libres para lidiar con el nacionalismo cerril y obstinado de los federales de la
Confederación Argentina y de los blancos de la República Oriental del Uruguay,
enfrentados respectivamente a unitarios y colorados. Ecos de una controversia entre nacionalismo y
libre comercio, que aún resuena en nuestros días.
La Unión de la Sudamérica Hispana
De las nueve
“repúblicas”, es la Argentina la que está un peldaño por encima del resto de
sus hermanas. Por extensión territorial, por abundancia de recursos naturales,
por variedad climática, por su importante desarrollo nuclear y aeroespacial, por
su vasta red fluvial y litoral marítimo;
por contar con una minoría poblacional altamente calificada en distintas
ramas de la ciencia; minorías como las hay también entre el vecindario hispano
parlante, pero con el respaldo de tres Premios Nobel, dos en medicina y uno en
física. Premios Nobel como el obtenido por el venezolano Baruj Benacerraf en
ciencia y el austríaco Antón Zeilinger en física, en cuyo equipo colaboraba la
científica uruguaya Eugenia Benech. Este breve inventario es, por una parte,
con el fin de tratar de entender como la Argentina no despega de su atraso relativo
y sigue atrapada en un movimiento pendular que – y no es un juego de palabras-
la inmoviliza. Por otra parte, si logramos echar algo de luz sobre el tema, sería
ocioso indagar luego en las razones del permanente estado en “vías de
desarrollo” de los otros ocho países vecinos.
Es necesario
repasar aquí, la historia de la Europa Occidental y los EEUU, para entender un
poco porque nuestro país es como es. El siglo XVIII fue testigo en esa parte
del mundo, de profundos cambios en la cultura, en la política y en la economía,
y sus pueblos podemos decir, experimentaron un salto notable en su modo de
pensar y gestionar su vida diaria. En el ámbito de las ideas, la ilustración y el
racionalismo, puso al hombre en el centro de la escena. La ruptura confesional
con la Iglesia de Roma, abrió las puertas a la libertad de pensamiento y a la
innecesaria mediación de un vicario para que el individuo “contacte” con Dios.
Perseguir ganancias en una actividad mercantil dejo de ser un pecado y planta
la semilla del desarrollo capitalista. El invento de la máquina a vapor (la
Revolución Industrial) transforma de una vez y para siempre la manera de agregar
valor y la mano de obra da un enorme salto en su productividad. El absolutismo
monárquico abandona el escenario y es reemplazado por la división de poderes,
bajo la forma republicana o monarquía parlamentaria. El conocimiento científico
no se queda atrás. Hoy día la Inteligencia Artificial tiene entre uno de sus
principales pilares, el cálculo infinitesimal, descubierto casi en simultáneo por
Isaac Newton y Gottfried Leibniz, matemáticos del siglo XVIII. La revolución en
el pensamiento facilito la aparición del modo capitalista de producir.
Por supuesto
que todo ese desarrollo no transitó sobre un camino de rosas, pero lo cierto es
que las piezas se habían ensamblado en un todo absolutamente coordinado donde
fundamentalmente la democracia y el sistema capitalista pasan a ser una unidad
indivisible, por lo menos, reiteramos, en la Europa Occidental y en los EEUU. Podríamos
decir además, que fue un desarrollo “natural” y “genuino” (además de violento
por supuesto, donde se derramo sangre entre hermanos), sin necesidad de
“forzar” la historia.
Requirió de
un fuerte compromiso nacional por parte de sus dirigentes y de su pueblo, de un
talento innovador, asunción de riesgos, espíritu ahorrativo y vocación de
reinvertir en la acumulación de capital y fundamentalmente un vigoroso mercado
interno. Cuando este mercado aún era débil, inventaron el buque frigorífico,
abarataron los alimentos provenientes de otras partes del mundo, logrando un
aumento real en los salarios (1815-1850); parte de los cuales se pudieron destinar
entonces, al consumo de bienes manufacturados. El lector que ha llegado a este punto, se
habrá percatado de mi muy escasa o nula simpatía por Inglaterra, aunque no
puedo dejar de admirarla por su decidido espíritu nacional. Una cosa no
colisiona con la otra.
La libre competencia, una de las piedras
angulares de la teoría económica, fundada y divulgada por filósofos y
economistas del Reino Unido, no era de aplicación, por lo menos, de fronteras
afuera; se la eliminaba a como diera lugar. Por lo menos hasta fines del siglo
XIX, no necesito Inglaterra de especialistas en marketing para abrir nuevos
mercados; cuando no era suficiente con su armada y sus cañones, echaban mano a
algún padre de la patria para el trabajo sucio. En esto eran contestes tanto los
whigs como los tories.
Nada de eso
ocurrió por estas tierras.
Vivimos en
un sistema capitalista aparente, ni siquiera pre capitalista, porque por
definición, significaría que nos encaminamos a un sistema capitalista y nada
más lejos de ello. Solo existen en el país “bolsones” de actividad empresaria
capitalista. El agro es un ejemplo; escenario de casi cuarenta años del inicio de la llamada Revolución Verde, donde jóvenes
dirigentes (propietarios, arrendatarios o directivos) ingenieros agrónomos en
su mayoría y de fuerte perfil tecnológico, dieron vuelta como un guante la
forma de explotar el recurso, logrando niveles muy altos de rendimientos por
hectárea. Introdujeron tecnología de vanguardia y la IA ya está haciendo pié en
esta actividad económica; actividad que conlleva como su satélite, el
crecimiento del polo agro-industrial e ingeniería genética. La Revolución Verde
se llevo por delante a la vieja oligarquía terrateniente y su modelo de
explotación extensivo. Solo sobrevive en la ideología setentista de la
izquierda progresista y semiculta.
Las pequeñas
y medianas empresas también actúan conforme al modelo capital-trabajo y las que
no pueden abrirse camino en el mercado externo, tratan de sobrevivir en el ámbito
local. Su desempeño en la economía informal es muchas veces, la forma de no
desaparecer. Las automotrices, siderúrgicas,
biotecnológicas, etc., también forman parte de esta organización donde
convergen capital, tecnología, automatización y reducidas plantillas de
recursos humanos altamente calificadas.
Visto globalmente
y pese a todo, no logran conformar un sistema económico integrado y sostenible
en el tiempo propios del capitalismo. Crisis
recurrentes; un paso adelante y un paso atrás; no acertamos el rumbo.
Según mi
punto de vista, estas nueve “repúblicas”, nacieron como astros orbitando el
mundo europeo económica y socialmente desarrollado, aportando el producto casi
excluyente de sus actividades extractivas: cobre, petróleo, estaño, café,
alimentos. Mero exportadores de commodities sin valor agregado, sujetos a los
vaivenes del precio internacional. Nos quedo la impronta de una Sudamérica de
habla hispana de cara al mercado externo y desatendiendo el desarrollo
fronteras adentro. De aquellos barros son estos lodos.
La
industrialización en nuestro país, se manifestó con marchas y contramarchas. Si
no hubiera existido, por ejemplo, una
fuerte industrialización previa, el 17 de Octubre de 1945 hubiera sido un día
más en el almanaque.
A períodos
de industrialización le sucedieron periodos de desindustrialización en estos
125 años de historia. Como dijimos más arriba, un paso adelante y un paso
atrás. La última y decidida política industrial que recuerde, fue a fines de
los años 50 con fuerte impulso a las automotrices.
De la manera
en que se pudo y sin un programa de industrialización a largo plazo que le asegure
a una población de ritmo creciente, puestos genuinos y salarios por lo menos acorde
a la productividad, se ha llegado a este presente. Gran parte de la población
económicamente activa, busco refugio seguro en el empleo público, fenómeno
particularmente abrumador en las administraciones provinciales.
La evasión fiscal
es el “modus operandi “entre las grandes
empresas y con el agregado de la evasión previsional entre pequeños y medianos
empresarios, muchas veces como ya dijimos, con el fin de sobrevivir, se
convierte en una combinación explosiva que pone al Tesoro Nacional en permanente
estado de desequilibrio. La evasión previsional, la robótica, el automatismo
fabril, la extensión de la expectativa de vida de la población fruto de los avances
en ciencia y medicina, ponen al sistema previsional en híper crisis, pasando a
depender su existencia de los libramientos del Fisco; y cuando no se recauda lo
necesario, se recurre a la emisión
monetaria o al endeudamiento.
La escasa
dimensión del mercado interno, con un 40% de pobreza y un 60% donde buena parte
de él apenas cubre sus necesidades elementales, la ausencia de políticas
económicas y legales sostenibles en el tiempo que atraigan inversión productiva,
la urgencia empresaria por amortizar su inversión en el menor plazo posible a
elevadas tasas de ganancias sobre dólares, el permanente déficit fiscal,
convierten a la inflación en el enemigo público número uno.
El flagelo
inflacionario comenzó a manifestarse en nuestro país, a mediados de la década
de los setenta y aparecen por primera
vez en nuestra historia económica, índices anuales de tres y hasta cuatro
dígitos. El tristemente célebre Rodrigazo fue un punto de inflexión en nuestra
vida económica y social, dejando huellas imborrables en la memoria colectiva. A la hiperinflación la acompañaron
sucesivos “corralitos” y se logró que nuestra moneda nacional pierda prestigio como
reserva de valor y le surgiera un competidor en esa función: el dólar
estadounidense. Antes de 1975,
prácticamente no se escuchaba hablar del
dólar, se ignoraba su cotización; el común de las personas no sabía que eran
las reservas del BCRA y mucho menos que era el FMI. Hoy día parece que aquellos
individuos y sus hijos, han hecho un
curso acelerado de economía y finanzas.
La presión
de la demanda sobre la divisa americana comienza a ser importante y toda revalorización
de ésta moneda, impacta en los precios internos. Esos precios se vuelven
elásticos al aumento en sintonía con el alza del dólar, pero en cambio son
inelásticos a la baja cuando el precio de la divisa disminuye. El control de las autoridades económicas
sobre el valor del dólar, se torno algo así como la “madre de todas las
batallas”. El dólar “planchado” predomino en las últimas décadas como la gran
solución y frente al crecimiento de los precios internos, nuestros bienes
perdieron competitividad internacional. La balanza comercial comienza a mostrar
saldos en rojo a pesar de los elevados rindes de la actividad agrícola y el
déficit comercial a cubrirse con endeudamiento externo, obviamente en la moneda
que escasea.
Se
constituye un “modelo” injusto y obscenamente especulativo: los pasivos en
dólares en cabeza del BCRA y a solventar por toda la ciudadanía y la
contracara, el activo, en manos de un puñado de argentinos en cuentas bancarias
del exterior. Estos últimos operan sofisticadamente manteniendo posiciones en
pesos a tasas pasivas por lo menos cercanas a la inflación y pasándose a
dólares en vísperas de una devaluación. Como resultado esta especulación
financiera, asegura una tasa de
rentabilidad en dólares sumamente atractiva, desplazando a la economía real como
actividad central del país; actividad que por lo tanto retacea ingresos
fiscales y previsionales, reduce puestos de trabajo, restringe el ingreso de capitales
para la inversión productiva y abona el camino para el alza de los precios
internos. El sendero de la catástrofe es bien conocido: déficit de la balanza
comercial, escases de reservas, crisis de la deuda externa, asistencia cómplice
de los organismos financieros internacionales, promesas de cumplimiento de
metas incumplibles, interminables renegociaciones con alguna quita trasladando el
problema hacia adelante y todo de nuevo
a empezar.
Más arriba
rechazaba la idea de llamar a la Argentina “país capitalista”; la expresión
correcta sería “sistema especulativista”. Sistema delictivo y sumamente
eficiente que requiere para su funcionamiento una importante dosis de
corrupción la que atraviesa
horizontalmente a todo el cuerpo social. Los plebeyos la ejercen con afán de
supervivencia y para los dirigentes es la “razón de sus vidas”.
En mayor o
menor grado, la corrupción campa a sus anchas por todo el mundo; parecería que
está en la naturaleza del ser humano; pero ocurre que las economías
desarrolladas la pueden amortiguar y absorber con notable facilidad, en cambio
por estas tierras todo se transforma en países al garete.
1975 fue un
año bisagra y tuvo varios efectos en
nuestras vidas, pero dos se destacaron en particular: la redefinición de
la “grieta” que siempre imperó entre nuestra población desde los tiempos de unitarios y federales, y
la transformación de la naturaleza del movimiento obrero argentino.
Se
reinventaron, diría yo, los dos bandos o
facciones que existieron desde la época de los Generales Dorrego y Lavalle
hasta el presente, bajo férreas ideologías denominadas vulgarmente cada una de
ellas, como “liberales” por un lado y “progresistas” o “populistas” por el
otro. Lo de férrea opera particularmente para la gente que adhiere ciegamente a
uno u otro bando, casi con una fe religiosa y los caracterizo como ciudadanos
intoxicados ideológicamente. Son lo más cercano al fundamentalismo y declaran a
los miembros de la facción contraria como enemigos y no como simples adversarios.
Otra vez unitarios vs. federales. Sus posiciones ideológicas son irreductibles
y se mueven por sentimientos y emociones. En cambio buena parte de los
dirigentes políticos de ambas facciones, son maleables en su “compromiso
ideológico” y están siempre dispuestos a mudarse de bando sin culpa alguna.
A ambos
grupos facciosos los podemos redefinir en función del contraste entre lo que
dicen y lo que hacen; como una suerte de oxímoron. Los liberales dan cátedra de
las ventajas de la libertad de mercado, ausencia de la intervención estatal, etc.
pero gobiernan para los oligopolios; son por lo tanto “libremercadistas
oligopólicos”. Los populistas conviven de mala gana con el estado de derecho (sentimiento
que comparten también con los “libremercadistas oligopólicos”) porque su
auténtica visión es la de partido único, pensamiento hegemónico y demagogia
estatal; podríamos llamarlos “demócratas
estalinistas”. El Estado es para ambos un botín de guerra y el país un guante
que lo dan vuelta del revés y del derecho cada tantos años. Suma cero.
Fui testigo
desde los ventanales de mi oficina en la segunda mitad del siglo XX, de las masivas
manifestaciones en Plaza de Mayo de trabajadores industriales (OUM, SMATA,
plásticos, textiles, UOCRA, etc). Fue una de las últimas apariciones públicas
del proletariado manual sobre los que depositaba, parte de la filosofía clásica
del siglo XIX, la misión de construir un mundo nuevo. La izquierda estudiantil
de entonces, padres de los “demócratas estalinistas” de la actualidad,
rebozaban de alegría, pero la masa trabajadora coreaba otras consignas y
enarbolada otras banderas.
La vigencia
de la convertibilidad entre abril de 1991 y enero del 2002, fue un drástico plan
de ajuste antiinflacionario que prácticamente barrió con la estructura
industrial del país y acento el primer golpe a los trabajadores manufactureros.
El golpe definitivo se los da la transformación tecnológica, reemplazando el
trabajo manual por la robótica y la aparición de reducidas nóminas de personal
altamente calificado. El peronismo como se lo conoció en los años cuarenta,
encaro rumbo a su transmutación
definitiva, junto con su columna vertebral. Solo quedan la marcha y los retratos de la pareja fundadora. Los gremios
predominantes actualmente son los de servicios: transportistas, empleados de
comercio, gastronómicos; aunque para ellos también tocan a degüello; el
vehículo sin chofer, las cadenas de compras por internet y el camarero robótico
están al asecho. Bancarios y seguros ya han experimentado el rigor del cambio
tecnológico.
Hoy día los
“demócratas estalinistas” se alinean detrás de causas, independientemente que
sean justas o no, tal como el reclamo de
jubilados, la diversidad de género, el matrimonio igualitario, la
misandria feminista, el lenguaje inclusivo, el aborto, el indigenismo, la causa
de las madres y de las abuelas, etc. Se
hacen eco de un ferviente antimilitarismo, piedra angular de esta “democracia”
inaugurada hace 45 años y si hablan de Malvinas es para denostar a la cúpula
militar responsable de la gesta y del heroísmo, ingenio y profesionalismo de
los que actuaron en el campo de operaciones, ni una palabra. Se han convertido
en un “ateneo juvenil” y juegan a la revolución bolchevique. Patéticos.
Entre
algunas de las diferencias más destacables de la gestión económica de uno y
otro bando, se pueden enumerar las siguientes: reducir el estado más allá de lo
necesario, licuar los salarios, enlentecer el ritmo de ajuste de los haberes
jubilatorios, retrasar el tipo de cambio, liquidar empresas del estado a precio
vil para cancelar deuda; es de manual para los “libremercadistas oligopolicos”.
Por otro lado los “demócratas estalinistas” encaran el “desarrollo” “poniendo
plata en el bolsillo de la gente”, vía atrasos tarifarios, innecesario
sobredimensionamiento del aparato estatal, generosos subsidios cuyo sistema de
reparto fomenta la aparición del “espíritu emprendedor” de oscuros “punteros
políticos” corruptos y semi analfabetos. Dineros públicos distribuidos
alegremente sin contrapartida de valor añadido y pistoletazo de largada para el
alza de precios. También de manual.
Ambos grupos
facciosos practican por igual el amiguismo y el nepotismo con total descaro y desparpajo.
Los cuatro u
ocho años de “exitosa” gestión de los “libremercadistas oligopólicos” preparan el
camino para los próximos cuatro u ocho años de gobierno de los “demócratas
estalinistas”, que luego de transcurrido su período de “éxitos”, allana el
camino para el retorno de los primeros; y así sucesivamente como un carrusel
diabólico que siempre regresa al punto de partida.
Hasta el año
1916, los presidentes argentinos fueron elegidos por “acuerdo entre notables”.
A partir de ese año y hasta nuestros días (109 años de historia) se alternaron
siete etapas de vida democrática y seis etapas de dictadura.
La última de
aquellas siete etapas de “vida democrática”, es decir la actual, nos cayó del
cielo poco después de la rendición de
Puerto Argentino (en un próximo artículo expondré las razones de esa infausta
rendición). Los militares dejan de contar con la confianza y el beneplácito el
Departamento de Estado y tocan a retirada. Desde Río Grande hasta Tierra del
Fuego, florecen las “democracias” como los hongos. Todo el mundo se vuelve
“demócrata” de la noche a la mañana. Son remedos de democracia, parodias, sistemas
espurios, desfile de personajes extravagantes, esperpentos que dan vergüenza
ajena, desde un bando y del otro. Que hubo excepciones, por supuesto, el ya
nombrado Julio María Sanguinetti, Don José Mujica, Raúl Alfonsín, Eduardo
Freire, y algún otro del que lamento olvidarme, pero son minorías en el
continente. En la página “eldiarioar.com” del 12/09/2025, se publica una lista
de 20 ex presidentes latinoamericanos enjuiciados en los últimos años. Y eso
considerando que el sistema judicial es una de las patas más defectuosas del
sistema; no quiero pensar de que tamaño sería esa lista si no existiera el
obsceno maridaje entre el Poder Judicial y los otros poderes. En particular la clase política argentina,
salvo contadas excepciones, deshonró la memoria de los caídos en la Guerra de
Malvinas y de aquellos sobrevivientes, que acorralados por la indiferencia y el
abandono, decidieron quitarse la vida. Honra y honor para todos ellos.
Resultó ésta
“democracia”, en resumen, como un traje de talla estándar, y en donde no resulto
demasiado ajustado fue demasiado holgado. No fue un renacer democrático de manera
“natural”, de fluidez histórica, de largo y fecundo proceso de maduración en
todos los ámbitos del conocimiento humano, como sí ocurrió en la Europa
Occidental y los EEUU y que de tal manera lo relatamos más arriba. En otras
palabras, un verdadero mamarracho.
¿El sistema
es perfectible? Por supuesto, pero no va a ser producto de nueve intentos
individuales a emprender por cada una de las nueve piezas del puzle; deberá ser
necesariamente parte integrante de la definición y concepción jurídica de una Nación
conformada por las nueve provincias hermanas. Aunque parezca tremendista, frente
a los profundos cambios en el mundo actual, que a nadie le quepan dudas, el
axioma es: unidad o muerte.
¿Por qué es
imperiosa la unidad política de las nueve “repúblicas” sudamericanas de habla
hispana? ¿Cuáles son los fundamentos para que esa unidad tenga asidero? ¿Es una
tarea sencilla? Son las tres preguntas claves que iremos desgranando seguidamente.
¿Por qué es
imperiosa la unidad política de las nueve “repúblicas” sudamericanas de habla
hispana?
Actualmente
somos testigos de un importantísimo reacomodamiento de las piezas en el tablero
internacional, que tendrá inexorablemente repercusión en nuestras vidas.
Está nada
más y nada menos que en disputa el liderazgo mundial. El escenario hoy día,
desde mi punto de vista, es el intento de los EEUU de recuperar el trono que
ocupó luego del fin de la llamada Guerra Fría en 1991 y aceleración del proceso
conocido como “la globalización”. ¿Lo conseguirá EEUU, sí o no? No lo podemos
saber, lo que si vemos es una acción desesperada por parte de éste país
arremetiendo a saco, y frente a él un pequeño grupo de potencias económicas y
militares de primer y segundo orden, reunidas en un club (BRICS) y dispuestas
plantarle cara y a modificar el orden mundial. Por otro lado, los 27 estados de
la Unión Europea mirándose desconcertados, aterrorizados y sin atinar con el
camino correcto, aferrados a la OTAN, que a estas alturas es lo más parecido a
un salvavidas de plomo.
¿Y nosotros,
los sudamericanos hispano parlantes? Seguiremos mirando desde el balcón como
otros se encargan de organizarnos la vida?. Luego cuando se asiente la polvareda, nos
dirán en lo que debemos invertir, en lo que no debemos; en qué áreas del saber
y la economía debemos enfocarnos y cuales debemos dejar aparcadas a un costado.
Sería remachar nuestro atraso y decadencia.
El momento
es clave. O las nueve provincias se ponen de pie o mueren de rodillas.
Las
Provincias Unidas de Sudamérica, reunión de nueve estados soberanos, deben
adquirir el status jurídico y político de la República Federativa del Brasil, y
marchar junto a ellos en alianza indisoluble, dentro o fuera del BRICS.
Debemos
poner fin a nuestras discusiones de campanario; discusiones sobre ideologías pasadas de moda
que se cancelan entre sí, inmovilizándonos y dividiendo a las familias y a los
amigos. En otras palabras: levantar la
mira y poner el destino en nuestras manos. Nuestro futuro está en juego.
¿Cómo
concibo esta nueva y flamante Nación? En el plano económico, para empezar. Un
aspecto clave: la existencia natural de un poderoso mercado interno que permite
echar vuelo a nuestra imaginación. Vayamos a los números: entre Venezuela,
Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia, somos 221.810.000
habitantes, de los cuales el 36.79% viven en la pobreza. De los otros
140.196.101 pobladores, podemos suponer que un 33% llega apenas a cubrir sus
necesidades básicas; por lo tanto tendríamos un mercado dispuesto a consumir
productos, servicios y hasta bienes culturales de la más vasta variedad,
calidad y precios, de aproximadamente 46.265.000 ciudadanos, es decir un 20.86%
del total de habitantes. Apuntando a ese vigoroso mercado interno, sería
necesario poner el acento en el estímulo, fomento, promoción y protección de la
economía del conocimiento, que ya existe con un interesante nivel de desarrollo
en varios estados miembros, pero ésta vez como resultado de políticas
gubernamentales enfocadas en ello y no tanto como emprendimientos fruto del
esfuerzo y la enjundia de sus directivos, siempre luchando contra la inestabilidad
económica y la falta de certezas a mediano y largo plazo. Entiendo por economía
del conocimiento a la orientada a la robótica, la ingeniería molecular, la
biotecnología, la IA, el diseño de
dispositivos electrónicos, microchips,
aparatologia médica, industria bélica, energías renovables, genética,
desarrollo aeroespacial, nuclear, etc.
Contar con
un importante mercado interno para este sector de la nueva economía, es
fundamental. La amortización de los equipos de producción ya no se mide tanto
por el agotamiento de su vida útil como en la economía de las “chimeneas”, sino
más bien por “caducidad generacional”. Es decir frente al acelerado desarrollo
tecnológico, una nueva generación en este aspecto, vuelve a la precedente obsoleta
en un breve período. Por lo tanto los grandes volúmenes de venta son cruciales
para una rápida amortización. De ahí la importancia de un robusto mercado
interno. Los bienes producidos también dejaron de ser “para toda la vida” y una
cultura consumista ya instalada no se resiste a la última novedad tecnológica.
El
desarrollo de la economía del conocimiento deberá tener hasta su completa
maduración y sostenibilidad, protección arancelaria; una vez alcanzada ésta,
podrá competir internacionalmente. Ni delirio proteccionista, ni delirio
liberal; según el ritmo de nuestra conveniencia nacional. Puro pragmatismo, sin
interferencias ideológicas o espurias maniobras interesadas.
Por
definición, es un sector de reclutamiento de limitado número de profesionales
altamente calificados, lo cual los convierte en una masa laboral de elevada
productividad. El efecto multiplicador de éste sector es extraordinario,
requiriendo de enormidad de servicios y desarrollos asociados, generando amplia
variedad de puestos de trabajo de perfiles ya no necesariamente tan destacados,
pero sí bien formados.
El
requerimiento de un sistema de educación pública y privada de la más alta excelencia
marcha a la par. Si concebimos un Estado con las dimensiones mínimas
necesarias, sin lugar para el clientelismo y el nepotismo retrógrado,
gestionando con la máxima jerarquía las áreas de salud, seguridad y educación
como ya mencionamos y si el volumen del PBI acompaña, quizás no necesitemos de
una presión tributaria a todas luces confiscatorias como las actuales.
Probablemente hasta logremos aumentar la recaudación fiscal y desalentar la
evasión. El equilibrio fiscal debe ser una meta que alcanzarla, no signifique
un festín de injusticias y abusos. No deben pagar justos por pecadores, como
habitualmente ocurre, en donde los jubilados, por ejemplo, financian en buena medida, a la mediocre e
ineficiente clase política, que además autorregulan sus ingresos con una
alegría insoportable.
Las
Provincias Unidas de Sudamérica, deberán tener instituciones exclusivas a nivel
nacional, tales como: el Comando Unificado de las tres Fuerzas Armadas, la
Corte Suprema de Justicia, el Poder Ejecutivo Nacional, la Cámara de Senadores
y Diputados, la Cartera de Exteriores, el Banco Central, la Administración
General de Puertos y Aeropuertos, los Entes Reguladores de Servicios Públicos, la
Administración Nacional de Aduanas y la Auditoria General de la Nación.
Las
provincias deberán contar con un Poder
Ejecutivo, Cámara de Diputados, Poder Judicial y ministerios que también se
replican en la Nación, como los de Economía y Hacienda, de Interior, de Salud,
de Educación. De las nueve provincias dependerán los municipios con su Jefatura
de Gobierno y la estructura administrativa necesaria.
Uno de los
objetivos de éste aluvión de ideas, tiene que ser la mejora en la calidad de la que carecen las nueve
“democracias” actuales. No hay mucho para imaginar al respecto, pero como
mínimo deberíamos asegurar un funcionamiento lo más cercano a la transparencia
y a la eficiencia de cuatro instituciones nacionales claves: la Corte Suprema
de Justicia (CSJ), el Banco Central (BC), los Entes Reguladores (ER) y la
Auditoria General de la Nación (AGN). Se trata de buscar los contrapesos que
aíslen ciertas funciones de la influencia política, reduciendo en lo posible el
contubernio y el tráfico de influencias. Por ejemplo la CSJ debería tener nueve
miembros y solo nueve, cada uno de ellos nativo de una provincia diferente; así
mismo una mezcla entre los miembros de los poderes judiciales provinciales. El
BC, los ER y la AGN, como los jueces la
CSI, deben tener directorios de nueve miembros y con sus mismas
características. Tienen que ser organismos verdaderamente autárquicos,
eligiendo entre sus directivos aquellos que reúnan los méritos académicos
suficientes. Los candidatos podrían ser elegidos por los miembros de los
Consejos Profesionales de abogados, ciencias económicas e ingeniería
respectivamente, con la asistencia de una consultora en recursos humanos que
llame a concurso público y ponga en juego su prestigio evitando toda
connivencia con la política.
La mezcla de
funcionarios nativos de cada una de las provincias federadas, debería despertar
una natural suspicacia entre ellos y gestionar por lo tanto, de acuerdo al
derecho, a la reglamentación estatutaria y protocolar de cada institución. Es
decir, un recelo que los induzca a cuidarse un poco y no a actuar con tanta
impunidad.
Algunas de
las instituciones exclusivas a nivel nacional mencionadas más arriba, tales
como el Comando Unificado de las tres Fuerzas Armadas, la Cartera de
Exteriores, el Banco Central, la Administración General de Puertos y
Aeropuertos, los Entes Reguladores de Servicios Públicos, la Administración
Nacional de Aduanas y la Auditoria General de la Nación, generaran una sinergia
y una importante economía de escala en la burocracia estatal.
Ahora bien,
¿quién o quienes se ponen al timón de semejante epopeya? Se me ocurren dos
importantes factores de poder, por su organicidad, cohesión y visión
estratégica, pues si alguien aún las tiene, no pueden ser otros que ellos. Me
refiero a las Fuerzas Armadas y al empresariado nativo, grande, mediano y
pequeño. En este punto es importante evitar a los “testaferros”, a los CEOs de empresas
extranjeras y a la influencia de alguna
pícara embajada. Como candidatos para
esta cruzada, las organizaciones del trabajo han dejado de ser factores de
poder determinantes y las que aún sobreviven, me los imagino como obstáculos
para el imparable cambio tecnológico.
Demás está decir
que éste proyecto, deja en el camino el Mercosur y la UNASUR, organizaciones
ideadas por la clase política y que se han revelados de escasa utilidad.
¿Cuáles son
los fundamentos para que esa unidad tenga asidero? ¿Es una tarea sencilla?
La historia
de la Sudamérica Hispana la podemos dividir en tres grandes etapas; el Imperio
Inca, la dominación española y la ruptura con la metrópoli. El tránsito de una
etapa a la siguiente, estuvo impregnada de sangre, traición y muerte. Pero así
y todo, cada una de ellas arrastra cierta impronta de la anterior o anteriores.
Hoy convivimos con una numerosa población de compatriotas de las etnias quechuas,
aymarás, cañarís, qeros, huancas, todos descendientes de los incas, que
conservan sus costumbres y culturas. Del dominio español adoptaron el idioma
sin perder el suyo y la fe cristiana combinada con sus creencias, en una
especie de sincretismo religioso. En la actualidad, con la incorporación de la
fuerte inmigración ítalo-española de fines del siglo XIX y comienzos del XX
especialmente en el Río de la Plata, vivimos en una cierta armonía los
221.800.000 seres que poblamos esta parte del planeta, aunque para ser franco,
con la existencia de importantes “bolsones” de retrógrada xenofobia.
De cualquier
manera, es más lo que une a la mayoría, que lo que la separa. El idioma, la
pila bautismal y la pasión por el futbol.
El imperio
incaico, cuya capital era Cuzco (Perú), se extendió por casi todo éste
territorio sudamericano, quedando solo fuera de él, los actuales estados de
Venezuela, Paraguay y Uruguay. El imperio español, se organizó en Sudamérica en
1542 sobre la base del imperio inca, con la creación del Virreinato del Perú,
sede y corazón de la actividad económica, militar, administrativa y religiosa.
Incluía la actual Panamá pero no así a la actual Venezuela que era una
Capitanía que dependía directamente de la corona.
Lo natural
de la tercera etapa independiente, hubiera sido construir la nación que estamos
proponiendo, conservando las fronteras de la antigua colonia, de la forma y que por distintas
circunstancias históricas – como ya lo relatáramos- lo lograra la República
Federativa de Brasil.
La imponente
cordillera andina, el ingenioso Camino del Inca; columnas vertebrales de las
Provincias Unidas de Sudamérica, fueron testigos de su desmembramiento y
desunión; quiera el destino que también sean testigos alguna vez de su reunión
en una sola República.
La tarea no
es sencilla. El lector a estas alturas estará convencido que esto es una
ilusión, un desvarió, una utopía, una verdadera quimera. Me pregunto ¿quién
hubiera imaginado en la década de los 80, que los países europeos constituirían
un mercado común y que tendrían una moneda única? Sin embargo ahí los tenemos,
27 socios que además hablan 27 lenguas distintas, con un frondoso pasado de
odios y mutuas masacres.
Pero si el
lector tiene razón, nuestros países continuaran como hasta ahora, como el
hámster en la rueda, con la ilusión de que en un giro providencial encuentre la
salida.
