Las Provincias Unidas de Sudamérica

Una advertencia inicial; si el lector tiene una sólida “posición ideológica” de cualquier signo  y no está dispuesto a modificarla ni en un ápice, suspenda aquí la lectura del presente artículo, pues dilapidaría su valioso tiempo. Si a pesar de ello tiene la mente lo suficiente abierta para incorporar nuevos enfoques, sumérjase ya en la misma.


No soy historiador  y ni siquiera me aproximo a serlo. Soy simplemente un Licenciado en Economía con gran interés por la historia.

Tengo una visión dinámica de la misma; a mi entender, los acontecimientos de nuestro pasado, son las causas de nuestro presente y también las serán de nuestro porvenir si no se hace nada para cambiarlos.

Hay un hilván de hechos desde el mismo  momento en que Juan Díaz de Solís desembarco en el Rio de la Plata en 1516 hasta el presente. Encarar la tarea de revisar nuestro pasado histórico, solo tiene sentido si trazamos a partir de allí el camino para que los sudamericanos hispanoparlantes, podamos construir  una potencia mundial como mínimo de segundo orden y dejar atrás éste atraso que hasta el presente se revela  sempiterno.

Ese pasado ya ha sido iluminado por autores que han llevado a cabo titánicas tareas de investigación documental  y esclarecimiento. Más adelante nos referiremos a ellos en detalle. El presente blog también tiene por objetivo darle visibilidad a la importante obra de estos historiadores; visibilidad que el formato cultural imperante les niega.

En la segunda mitad de mi paso por la escuela primaria, leía y estudiaba la historia argentina con el mismo empeño y afán con que leía, por ejemplo,  a Emilio Salgari. Era evidente que algo no estaba bien. Como era posible que temas de naturalezas tan disímiles, yo los enfocara de la misma manera.


En el ciclo secundario, una vez abandonada la lectura de Emilio Salgari, continuaron las lecciones de historia, si bien para alumnos ya mayorcitos,  pero sin desprenderse de esa impronta fabulosa.

El siguiente paso en mi etapa de estudiante universitario, fue interesarme en la lectura de historiadores revisionistas. Lo más destacado de estos autores, era el hecho de que abominaban a Bartolomé Mitre con la misma intensidad con que endiosaban la figura de su creación: Don José de San Martín. Esto no me convencía, pues ya por entonces me intrigaban las razones por las que el Libertador partiera de Inglaterra en un navío con bandera de ese país en 1812 -en compañía de otros conocidos hombres de armas- para poner pié en el Rio de la Plata, deponer a las autoridades gubernamentales, emancipar a Chile y Perú (aunque en éste país no completo del todo la tarea) y luego pegar la vuelta a Europa.

Llegue entonces a la modesta conclusión de que la presentación de nuestro pasado histórico, era una suerte de relato guionado, de cuento infantil, que ve la luz a finales del siglo XIX casi en simultáneo con el fin de las guerras civiles y la proclamada unidad nacional. Seguramente una cosa iba de mano de la otra, es decir, disponer de una especie de fe de nacimiento, de prosapia nacional, una épica, una narrativa donde hombres preclaros que habían nacido para el bronce,  supieron enfrentar a fuerzas opositoras, logrando coronar con éxito su obra; y esta obra era la naciente república. Sin dudas ese guión tenía como objetivo el cohesionar a la ciudadanía alrededor de la idea de un pasado y un destino común. Es decir, lo que significaba ser argentino. Había que construir además, un Padre de la Patria y el elegido fue el General Don José de San Martín, tarea magna que recayó en la pluma de Bartolomé Mitre; historiador éste, que haciendo gala de una gran imaginación, nos presenta un prócer cuyo rotundo éxito resulto ser la clave del fracaso de ésta parte del continente.

A estas alturas, mi único mérito fue descubrir a los autores que echaran luz a mi curiosidad. Se trata de cuatro verdaderos historiadores. Con esto de verdaderos, me refiero a que se encuentran a enorme distancia de ser simples autores de teorías conspirativas. Son estudiosos que fundan sus opiniones en fuentes sólidas, indagando en documentación desclasificada de archivos de distintos países que tuvieron actuación relevante a fines del siglo XVIII y XIX en Sudamérica; además de correspondencia hecha pública entre personajes de la época.

De manera similar a mi incógnita con respecto al viaje de 1812 de José de San Martín al Río de la Plata, me ocurrió con un conocido episodio en la vida de Vladimir Lenin, que partió de Suiza hacia  Petrogrado en un tren blindado. No conciliaba esto, con el hecho de que la persona que amenazaba con destruir el capitalismo occidental y no dejar piedra sobre piedra, cruzara Europa  protegido de las balas, en pleno teatro de operaciones de la Primera Guerra Mundial.

He tenido  la suerte de leer a destacados historiadores que me aclararon sobre este tema; Orlando Figues en su libro “La Revolución Rusa 1891-1924” y Anthony Sutton en “Wall Street y la Revolución Bolchevique”. Lenin había resultado ser un agente alemán y ejecutor de una agenda elaborada en Nueva York. También se trata en estos casos de hechos documentados y no de especulaciones conspirativas.

Recomiendo muy especialmente a los devotos de izquierda, la lectura de estos dos autores.

Respecto a los cuatro historiadores argentinos mencionados con anterioridad; se trata de Emilio Ocampo (La Independencia Argentina, de la fábula a la historia), Rodolfo Terragno (Maitland y San Martín), Juan Bautista Sejean ( San Martín y la tercera invasión inglesa) y Antonio Calabrese ( José de San Martín ¿un agente inglés?). Hay diferencias en los enfoques de estos escritores respecto a la caracterización del Libertador. Los dos primeros se inclinan por un perfil anglófilo del Padre de la Patria y los dos últimos por un definido rol de agente británico. A mi juicio, por supuesto, la discusión al respecto es banal; lo cierto es que José de San Martín cumplió con el plan británico para la parte meridional de las colonias españolas de Sudamérica: su disgregación.

Otra cuestión que diferencia las valiosas investigaciones  de estos cuatro autores es el enfoque de Juan Bautista Sejean, en tanto que vincula la Sudamérica Hispana desgarrada en nueve repúblicas (si podemos llamarlas así, más allá del aspecto jurídico) con el atraso económico y social en que están inmersas cada una de ellas. Propone además este autor,  la unidad política como palanca para su prosperidad e ingreso al Siglo XXI.

Transcribimos a continuación cita de Juan Bautista Sejean sobre el particular:

 “Cuando en el capítulo inicial adjudiqué a San Martín alguna responsabilidad en el estado de cosas que impera actualmente en Sudamérica, no estaba haciendo una apreciación infundada ni mucho menos. Pienso —más aún, estoy convencido plenamente— que la más importante causa del atraso económico, social y político que sufre hoy América latina hay que buscarla en el desmembramiento territorial de las colonias españolas. De ahí mi imputación toda vez que el general de los Andes fue, precisamente, uno de los artífices de ese trágico hecho.”

Ese es el punto. Juan Bautista Sejean da de pleno en la tecla. De eso se trata el presente blog; como dijimos al principio, qué sentido tiene revisar nuestro pasado si no es para intentar cambiar nuestro porvenir.

Continúa el autor:

“El extraordinario desarrollo económico alcanzado rápidamente por la potencia del norte fue producto, naturalmente, del esfuerzo mancomunado y solidario de sus habitantes, pero también fue muy importante la visión y la decisión de su clase dirigente que además de organizar y consolidar las instituciones políticas no dudó en ampliar y en extender los límites de la unión a cualquier precio y por todos los medios a su alcance, lícitos o no. Hoy Estados Unidos no sería lo que es si la federación hubiese quedado reducida a las trece colonias fundadoras de la nación.

El proceso inverso —que hoy debemos revertir— se dio en la América española. Como reacción en cadena, aparte de las segregaciones que ya vimos, se produjeron las de Venezuela y Colombia, la de Panamá —provocada por intrigas estadounidenses para construir el canal—, la de Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Costa Rica, cuando en 1839 se disolvió la federación que habían constituido bajo el nombre de Provincias Unidas de Centro América, dando nacimiento a cinco pequeñas repúblicas independientes.

El panorama desolador que exhibe actualmente nuestra América latina en materia sanitaria, educacional, de desarrollo económico, tecnológico, etc., seria sensiblemente distinta, mucho menos grave, sin duda, si tales separaciones y amputaciones territoriales no hubiesen ocurrido.”

Reiteramos entonces, si vamos a revisar nuestro pasado, lo haremos para poner el foco en reparar el daño que el éxito de José de San Martín y los fracasos de Francisco Miranda y Simón Bolívar (como veremos más adelante) acarrearon a esta parte del mundo de habla castellana.

Dividiremos el trabajo en cuatro etapas: 1) El Desmembramiento de la Sudamérica Hispano Meridional, 2) El Desmembramiento de la Sudamérica Hispano Septentrional, 3) La Integridad Territorial de la Sudamérica Lusitana y 4) La Unión de la Sudamérica Hispana.

 

El Desmembramiento de la Sudamérica Hispano Meridional

El despiece de esta parte de Sudamérica operó bajo tres formas diferentes: Argentina, Chile, Perú y Bolivia gracias a la acción sanmartiniana, Paraguay producto de la soberbia porteña  y Uruguay con la intervención directa del Foreing Office.

Argentina, Chile, Perú y Bolivia

Respecto a la acción sanmartiniana, se basa en la desobediencia a las autoridades criollas y en su ciego acatamiento a la estrategia imperial británica, (al fin y al cabo, dos caras de la misma moneda).  La fatal combinación de estas dos decisiones (o una sola, según como se mire), llevaron a que hoy tengamos cuatro “repúblicas” de dudosa viabilidad y nulo peso en el concierto de naciones.

Desobediencia

El accionar político del Libertador tiene los siguientes  hitos: la renuncia a comandar el Ejercito del Norte (en reemplazo del General Belgrano) como le fue ordenado;  la negativa de enviar delegados chilenos a la Asamblea de las Provincias Unidas también contrariando mandato expreso del gobierno. Y por último, desoír la orden de Buenos Aires de regresar con su ejército para hacer frente a un  inminente desembarco de tropas  españolas en el Río de la Plata, cosa que por último no ocurrió.

 Respecto al primer punto transcribimos palabras de Calabrese: “El abandono que hace en 1814 cuando renuncia a la comandancia del Ejército del Norte, significaba, como ocurrió, la traición del virreinato a las provincias del Alto Perú y la pérdida definitiva de ellas, que constituyen después la República de Bolivia.

Continúa Calabrese: es “”otra de las circunstancias que rodean a la gesta sanmartiniana, que a nuestro entender demuestra que su accionar no estaba determinado por el amor al terruño patrio ni por el respeto a su gente y a sus sacrificios, sino, sólo a cumplir las indicaciones que servirían a terceros, es decir a los ingleses, es el abandono de las cuatro provincias del norte del Virreinato del Río de la Plata, ahora Provincias Unidas, las que tanto habían luchado por la libertad en contra del absolutismo, el “Carlotismo” una variante sudamericana de él, y los franceses, (debiendo recordarse el amotinamiento de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809 y la sublevación de La Paz el 16 de julio del mismo año, ambas ocurridas un año antes del Cabildo Abierto porteño de 1810) y que tanta sangre nativa, americana, les costara, entre ella nada menos que la de sus líderes, que fueran ahorcados y decapitados, como Murillo, Jaén, Sagamaga, Catacora, Figueroa, Giménez y Graneros. Estos hechos y su feroz represión dejaron en el pueblo un acendrado rencor solamente soportado por la esperanza de la reivindicación que de ellos hiciera el ejército de las Provincias Unidas a las que pertenecían. Esto ocurrió así hasta que San Martín resolvió abandonarlas a su suerte. Es del denominado Alto Perú, el territorio del que estamos hablando, cuyo intento de rescate, además, tanto sacrificio le había costado a Castelli y a Belgrano, y a las tropas y soldados argentinos cuyas vidas quedaron ofrendadas para siempre en la inmensidad de la Puna, los que no fueron tenidos en cuenta cuando renunció bajo pretextos a la comandancia del Ejército del Norte.””

En cuanto al segundo punto, el mismo Antonio Calabrese nos informa: “”Cuando se le pedía que, liberado Chile, mande diputados a la Asamblea de las Provincias Unidas no sólo no lo hace sino que declara la independencia de ese país, es decir se niega a intentar constituir un estado bioceánico de poderosas proyecciones para el control de los océanos Atlántico y Pacifico según los medios de la época. Esta actitud es un grave desacato, además de un crimen geopolítico imperdonable; no hay más que leer las instrucciones que le remitiera Pueyrredón antes de partir: “Aunque como va pre venido, el general no haya de entrometerse por los medios de la coacción o el terror, en el establecimiento del gobierno supremo permanente del país, procurando hacer valer su influjo y persuasión, para que envíe Chile su diputado al congreso general de las Provincias Unidas a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto, constituye una sola nación...” para darse cuenta de la magnitud de la desobediencia.””

Juan Bautista Sejean, nos ilumina en el mismo sentido, aludiendo al historiador Pérez Amucháustegui :

“Por su parte, Pérez Amucháustegui,  hace consideraciones sobre bases objetivas que revelan un trato fluido de San Martín con el gobierno inglés. El nombrado nos cuenta que el vencedor de Chacabuco, después de esa batalla se vio precisado “a modificar parcialmente su primitivo programa, pergeñando nuevos planes que esperaba serían apoyados por Inglaterra!'. Y continúa: “Y en la primera oportunidad propicia, Chile se separaría formalmente de las Provincias Unidas, declarando su independencia con toda solemnidad bajo el amparo de San Martín y su ejército”.

 

Acatamiento

Haber vestido el uniforme de España no fue suficiente para generar en San Martín, nobles sentimientos por ese país, sin hablar de sus hermanos que aún lucían ese atuendo o de sus padres, ambos españoles. En el hecho de  haberse destacado en Bailén y Albuera, supongo pesaba mucho su antipatía por Napoleón y todo lo que trasuntaba a república. 

Para ser honesto, su participación en ésta última batalla es dudosa. Hay autores que afirman su presencia; otros sin embargo, sostienen que por entonces era ayudante de campo del Marquéz de Coupigny (francés al servicio de España) destacado en ese momento en Andalucía.  Y hay terceros que lo ubican al mencionado Marquéz combatiendo en Albuera. Este no es un episodio menor y alguna vez debería ser aclarado definitivamente, en tanto la batalla en cuestión que tuvo lugar en 1811 en suelo español, tenía como comandante general  del ejército aliado (ingleses, españoles y portugueses) con asiento en Portugal, a William Carr Beresford. Este militar es el mismo que se fugara de su cautiverio en Buenos Aires,  gracias a los servicios de Saturnino Rodríguez Peña, luego de su derrota a manos de los propios compatriotas del Libertador durante la primera invasión inglesa en 1806 la cual comandaba.

Sobre el particular, Antonio Calabrese, apelando al historiador José María Rosa, cita lo siguiente:  ““después de recordar (JMR) que (San Martín) había combatido en Albuera, tras la batalla de Bailén, a las órdenes de Beresford, aquel que acababa de huir de su prisión rioplatense concluida la reconquista de Buenos Aires, hace mención a que “...deja su importante cargo en la Isla de León pidiendo ‘retiro para pasar a Lima’; pero se embarca subrepticiamente a Londres, donde un amigo -Lord Mac Duff-, que combatía voluntariamente en España le había conseguido pasaporte y recomendaciones.””

De llegar a confirmarse la especie, sería el último clavo en el ataúd; con el extraordinario hallazgo de Rodolfo Terragno, por el momento, es más que suficiente.

Nos dice Rodolfo Terragno: “Descubrí el Plan Maitland mientras revisaba cartas y documentos de oficiales escoceses de principios del siglo 19. Mi pretensión era encontrar, en aquel pajar, alguna aguja. Recorría los manuscritos en busca de referencias a Sudamérica, en particular al Río de la Plata y, quizás, a San Martín.

Uno de los archivos en los cuales trabajé es la colección Steel-Maitland: papeles privados que se encuentran bajo la custodia del Archivo General de Escocia ( Scottish Record Office ). Eran varios los oficiales de la familia Maitland para tener en cuenta. SirThomas (1759-1824) era, a primera vista, uno de los menos relevantes para mi investigación. Entre 1806 y 1811, había estado en Ceilán, sin participación alguna en el acontecimiento que puso a San Martín en relación con Gran Bretaña: la guerra de la Península.

Un día hallé, en el inventario de los papeles de Maitland, algo que me conmovió. Era una referencia a 47 hojas manuscritas, sin fecha, que un funcionario del Archivo General de Escocia había registrado bajo el siguiente título:

“Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego ‘emancipar’ Perú y México ”.

La mención de México -descubrí más tarde- era un error: el objetivo del plan era la emancipación de Perú y Quito (el actual Ecuador). Al exponer su plan, Maitland escribió dos veces “México” en lugar de Quito , pero luego advirtió el error: en ambos casos tachó “México” y escribió, abajo, “Quito”. Sin embargo, omitió corregir el mismo error al final del plan, cuando lo sintetizó diciendo que el objetivo sería “indudablemente la emancipación de Perú y México”.  Esto confundió al funcio nario del archivo escocés.

El Plan Maitland no se refiere en absoluto a México. No tiene sentido suponer que Maitland, quien concibió un largo y muy detallado plan para atacar Perú desde Chile, haya tratado una expedición aún más ambiciosa -de Perú a México- como una mera extensión que no requería planeamiento adicional. Según lo indican sus propias correcciones al texto, Maitland estaba pensando en Quito (Ecuador), no en México. Por lo tanto, el título de su plan debería ser:

“Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego ‘emancipar’ Perú y Quito”.

¿Qué pergeño el militar británico para acabar con el dominio español en Sudamérica? Nos lo dice Terragno: 1) Ganar el control de Buenos Aires - 2) Tomar posiciones en Mendoza - 3) Coordinar acciones con un ejército en Chile - 4) Cruzar Los Andes - 5) Derrotar a los españoles y conquistar Chile- 6) Continuar por mar a Perú- (7) Emancipar al Perú.

Detallar del plan “emancipador” resulta ocioso. Excepción hecha del punto uno, es decir del primer golpe de estado acaecido en este suelo y cuidadosamente silenciado por la historia oficial, creo que cualquier alumno de sexto grado lo recita de memoria en cuatro palabras, con las patrióticas donaciones de las patricias mendocinas incluidas.

El propio Rodolfo Terragno nos lo recuerda en un cuadro comparativo: plan de emancipación sanmartiniano: 1) Ganar el control de Buenos Aires - 2) Tomar posiciones en Mendoza - 3) Coordinar acciones con un ejército en Chile - 4) Cruzar Los Andes - 5) Derrotar a los españoles y conquistar Chile- 6) Continuar por mar a Perú- (7) Emancipar al Perú.

Lo importante aquí es demostrar la tremenda coincidencia entre lo escrito por Maitland en un papel y como 21 años más tarde un general sudamericano lo lleva a la práctica a pie juntillas.

Como dos gotas de agua.

Ya más entrado el siglo XIX,  hubo dos intentos de unificar los territorios del antiguo Virreinato del Perú: la Confederación Peruano-Boliviana (1837-1839) y el Reino Unido de Ecuador, Perú y Bolivia (1846). La Confederación fue ideada por el Mariscal Andrés de Santa Cruz y rápidamente suscito el rechazo de peruanos y bolivianos opositores y el de Chile, que vio en esta alianza una amenaza a sus intereses.  Juntos con el gobierno de la Confederación Argentina, le pusieron fin por la vía de las armas.

Juan José Flores, presidente de Ecuador, desilusionado con el sistema republicano, pensó en una monarquía que abarcara tres países, con un Borbón en el trono y se llamaría pomposamente: Reino Unido de Ecuador, Perú y Bolivia.  Conjuntamente con María Cristina de Borbón, financiaron el proyecto que consistió en el reclutamiento de mercenarios, adquirir armamentos y tres naves de guerra. Inglaterra evaluó rápidamente que el proyecto comprometía sus intereses comerciales y el gobierno de su majestad procedió a incautar los tres buques fondeados aún en Londres.

El intento de restaurar la dinastía Borbónica en América murió antes de nacer.  Un aborto en toda la regla. Los mezquinos intereses localistas, la estrecha y cerril visión aldeana y el clarísimo y contundente accionar británico, fueron pilares para mantener y asegurar la desunión de nueve  “repúblicas” sin futuro.

Paraguay

El divorcio de este pueblo hermano, de las Provincias Unidas, comenzó a gestarse en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810 en Buenos Aires. Se planteaba en esa Asamblea la necesidad de que el pueblo asumiera la soberanía ante la caducidad de la autoridad del virrey derivada del nuevo escenario político en España. El funcionario de la Real Audiencia Manuel Villota compartía este punto de vista, pero discrepaba en que sea el pueblo de Buenos Aires el que asumiera el poder de manera unilateral, sin consultar previamente al resto de los pueblos que conformaban el prácticamente extinto Virreinato. Su ponencia no fue aceptada y la Junta Provisional asumió en solitario en reemplazo del virrey Cisneros.

Con posterioridad las nuevas autoridades informaron al resto de los pueblos del ex Virreinato sobre las decisiones tomadas, reclamando el acatamiento a la flamante Junta Provisional. Esta Junta designa entonces a José Espínola y Peña para llevar el reclamo (acatamiento) a Asunción. Es declarado poco menos que “persona no grata” y huye de vuelta a Buenos Aires salvando su pellejo. A fin de “convencer” al pueblo paraguayo de lo ventajoso de subordinarse a la autoridad de Buenos Aires, se envió una expedición militar al mando del General Manuel Belgrano, la que resultaría un rotundo fracaso. De ahí, a la declaración de un Paraguay orgulloso e independiente, habría un solo paso.

Respecto al episodio de la expedición de Manuel Belgrano, nos dice la historia oficial, con ese estilo romanticón y melifluo, que el gobierno porteño le encomienda al General, llevar las ideas de la soberanía y la libertad a tierras guaraníes. Una absoluta estupidez.

El destino tendría reservado a las fuerzas porteñas, una segunda oportunidad.

 En 1864, se desata la Guerra de la Triple Alianza. El Mariscal Francisco Solano López solicita al presidente argentino Bartolomé Mitre autorización para atravesar territorio argentino y poder así atacar al Imperio del Brasil. Desoye la negativa de Mitre y ocupa Corrientes. Fatal decisión. Es el justificativo que esperaba el presidente argentino para involucrarse en el conflicto. Lo cierto es que nuevamente tropas porteñas, en alianza con brasileñas y uruguayas, vuelven a intentar el sometimiento del pueblo guaraní como había ocurrido 54 años antes; pero esta vez con un éxito total.

Como resultado de la catástrofe, Paraguay pierde 170.000 km2 de su territorio aproximadamente  y su población es diezmada drásticamente.

No es objeto evaluar aquí, si Francisco Solano López fue un gran estadista o un bárbaro y tirano, como de manera tan contradictoria lo juzgó Bartolomé Mitre en dos oportunidades en un breve período. Solo señalar la desgracia de la secesión del Paraguay.

Uruguay

Si de destacados pensadores sudamericanos hablamos, es imposible no mencionar a Julio María Sanguinetti. Periodista, escritor, crítico de arte, ex presidente de Uruguay. De las cualidades intelectuales del autor tenía noticias por haberlo escuchado alguna vez en una entrevista por televisión.  

No es frecuente oír a uruguayos hablar del génesis, del acta de nacimiento, del origen constitutivo de su país. Con sólidos fundamentos y  sin ambages, nos lo cuenta Julio María Sanguinetti en nota publicada por el diario La Nación del 02/09/2024. Respecto al artículo en cuestión, es una pieza imperdible y pone las cosas en su sitio definitivamente.

De la siguiente manera nos informa Sanguinetti: “Hay años que resultan marcantes en sus consecuencias históricas. Episodios aparentemente singulares, al inscribirse en el devenir de los acontecimientos, terminan anudados. Y 1828 es uno de ellos. Es nada más ni nada menos que la paz entre las Provincias Unidas y el Imperio de Brasil, de la que resulta la independencia de la hoy República Oriental del Uruguay. El año termina, en diciembre, con el trágico episodio del fusilamiento de Dorrego por Lavalle, que será fuente de discordia hasta hoy.

Motiva este recuerdo que este 25 de agosto el Uruguay celebró el 199 aniversario de lo que oficialmente se proclama como Día de la Independencia, aunque en realidad lo es con respecto a Brasil pero no con las Provincias Unidas a las que en ese acto retorna la Provincia Oriental.

Los acontecimientos de 1825 nacen con el desembarco de los “treinta y tres orientales” en la Playa de la Agraciada, luego de partir desde San Isidro al mando de Juan Antonio Lavalleja.

La Provincia Oriental había pasado a dominio portugués, luego de la derrota del artiguismo, que había perdido Montevideo ante las fuerzas del brigadier Lecor en 1817 y sucumbirá definitivamente en la batalla de Tacuarembó en enero de 1820. En el ínterin, Brasil se separa de Portugal proclamando su Imperio, en el Grito de Ipiranga de 7 de septiembre de 1822: el rey don Juan VI había retornado a Portugal y su hijo Pedro se sublevó, quedándose en Brasil y proclamando su independencia en calidad de Imperio. Este episodio pone de relieve la diferencia sustantiva de los procesos de independencia en la América hispánica y la lusitana. Brasil era una monarquía y la independencia ocurre dentro de la monarquía. No hay revolución, ni héroes de la misma, ni aun un ejército que construyera una tradición de combates como lo ha sido entre nosotros. Recuerdo que Lula, en su primera presidencia, dijo con mucha gracia que cuando viajaba ponía flores a los grandes héroes de todos los países y que cuando a él le tocaba recibirlos no sabía qué héroe mostrarles, salvo Pelé o Ayrton Senna...

De todo esto resultó un Brasil unido, que logró preservarse como tal pese a los numerosos intentos separatistas que se dieron en Bahía, en Pernambuco y en Río Grande del Sur. Esta digresión se hace necesaria cuando muchas veces nos cuesta entender los modos de actuar de este enorme país que siguió siendo monarquía hasta 1889.

El hecho es que desembarcado Lavalleja el 19 de abril de 1825, pactará con Fructuoso Rivera, el otro gran caudillo, se instalará una Junta de Gobierno y una Sala de Representantes de los pueblos que el 25 de agosto proclamará la independencia de Brasil y su retorno a las Provincias Unidas. Naturalmente, era un audaz acto de fe, porque precisaba derrotar al poderoso ejército imperial. Rivera triunfa en Rincón, donde muere el general João Propicio Mena Barreto y el 12 de octubre Lavalleja, en la batalla de Sarandí, vence al general Bento Manuel Ribeiro. Reincorporada la Provincia Oriental a las Provincias Unidas, el Imperio declara la guerra y la flota imperial iniciará un bloqueo del puerto de Buenos Aires, que sufrirá incontables penurias. Es un corte drástico del comercio y una pérdida insuperable de recursos financieros.

La guerra se hace penosa. En febrero de 1827, Alvear derrota al marqués de Barbacena en Ituzaingó pero luego la situación se estanca. Rivadavia, acosado por la crisis, envía a Manuel García a negociar la paz en Río de Janeiro. Lo hace reconociendo que la Provincia Oriental quede en el Imperio, lo que produce una pueblada en Buenos Aires, el rechazo del acuerdo por el propio Rivadavia, que termina renunciando a su corta presidencia. Asume entonces Dorrego, que intenta también, desesperadamente, poner fin a la guerra. Su ministro de Hacienda renuncia porque “las arcas del Estado están vacías y no hay formas de llenarlas”. El mismo Dorrego dice que “no hay una bala en el parque”, “no hay un fusil, ni un grano de pólvora”.

Toda esta negociación, en sus idas y venidas, avances y fracasos, tuvo un actor fundamental que es lord Ponsonby. La mediación británica la habían pedido las dos partes y más allá de tesis conspirativas sobre su propósito, lo incuestionable es que Inglaterra lo que quería era la libertad de los ríos para comerciar. No era incorporar nuevas colonias ni asumir un rol de garante de los acuerdos políticos o de límites, como reiteradamente lo rechazó Canning. Despectivamente, Napoleón calificaba a Inglaterra de “nación de tenderos” y si por eso entendemos un imperio eminente comercial, no hay duda de que así lo fue porque así lo quiso. Quería paz para comerciar.

Así llegamos a otro episodio fundamental en abril de 1828: la reconquista de las Misiones por Fructuoso Rivera. Solo apoyado por el santafesino Estanislao López y perseguido por Lavalleja, Dorrego y aun antes Rivadavia, logró en veinte días una acción fulgurante y decisiva. Esa fue la razón para que el Imperio entrara en razón. El presidente de la Provincia De San Pedro lo dice con todas las letras, reclamando apoyo porque el caudillismo de Rivera lo puede llevar rápidamente a conquistar Río Pardo y hasta Porto Alegre.

Ahí el Imperio claudica. Teme perder Río Grande incluso. Y se firma la Convención Preliminar de Paz, en otro agosto, el día 27 de ese 1828. Dorrego, entusiasmado por la reconquista de las Misiones, a última hora quiere darse vuelta pero Guido y Balcarce, desde Río, le dicen que ya es tarde. Esto también le será caro a Dorrego, porque cuando vuelven defraudados los militares argentinos, tendrán en Lavalle el ejecutor de ese resentimiento. Rivera, desde las Misiones, dirá sobre su fusilamiento: “…la imaginación me pinta una cadena de males interminables, cuyo primer eslabón bañado de sangre nace de la tumba del desgraciado Dorrego”.

La independencia uruguaya, como se advierte, reconoce una larga gestación, de 17 años, entre 1811 y 1828, con un sabio partero, lord Ponsonby. Fue esperanza para los que después nos llamamos uruguayos. Dramática para los gobernantes argentinos. Tanto Rivadavia como Dorrego pagaron caro la paz con el Imperio y el desgajamiento de la Provincia.

Pero todos, de un modo u otro, contribuyeron a forjar una historia que nos sigue inspirando.”

Queda todo dicho respecto al surgimiento de Uruguay como república independiente.

 

El Desmembramiento de la Sudamérica Hispano Septentrional

En este segundo capítulo de nuestra desgracia continental (en realidad tiene lugar simultáneamente en la época que transcurre el primer capítulo), Francisco Miranda y Simón Bolívar son actores fundamentales. Francisco Miranda es el  mentor, el ideólogo de la independencia de las colonias españolas de América y su reunión en una sola nación. Simón Bolivar fue uno de sus discípulos y superó al maestro en su visión continental: incluía en esa nación, el territorio actual de los EEUU y el Imperio del Brasil. La concepción territorial de ambos (particularmente la de Miranda que era acotada a los pueblos de habla hispana)  la podemos vincular al concepto actual de “Patria Grande”, acuñado o popularizado por los historiadores revisionistas y en boga entre sus actuales adherentes. Era un proyecto – el de los Libertadores-  de dimensiones imposibles, difícil de concretar y conservar, ante las distancias enormes y los rudimentarios sistemas de transporte y comunicaciones de la época. Hoy mismo la idea de “Patria Grande”, de Sonora y Chihuahua a Tierra del Fuego, suena más bien a eslogan político-ideológico que a una meta alcanzable.

 La experiencia más cercana a su idea que logró Simón Bolívar, fue la conformación de la Gran Colombia que llego a reunir bajo una misma bandera a Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá. Supongo que la clave del fugaz éxito de ésta unidad de países sudamericanos, se debe a que heredan la tradición administrativa del antiguo Virreinato de Nueva Granada más la Capitanía General de Venezuela. Estuvo vigente entre 1819 y 1831. Los apetitos, intrigas y enfrentamientos locales, alentados por los intereses comerciales de Inglaterra, terminaron con la flamante unión. Francisco Miranda fallece en 1816 y no tuvo tiempo de vivir el experimento. Simón Bolivar fallece un año antes de la extinción de la Gran Colombia.

Francisco Miranda era un ferviente anti hispano, a pesar de haber revistado bajo esa bandera como José de San Martín. Combatió en sus filas durante las guerras de la independencia norteamericana contra los ingleses (1775-1783), en el afán de España de recuperar La Florida. Por el contrario, no hay datos que confirmen a Simón Bolívar prestando servicios en el ejército español.

Cuando concibe Francisco Miranda, la idea de la emancipación de las colonias españolas de la metrópoli, se vuelca decididamente a solicitar el apoyo de Inglaterra.  Su ambicioso proyecto continental lo presenta al gobierno británico en 1790, el cual a pesar de ser seductor a los intereses de Inglaterra, la frágil tregua entre España y ese país obliga a archivar los planes.

En 1806, un año después de la batalla de Trafalgar (alianza naval de hispanos y franceses contra Inglaterra), Miranda obtiene en Nueva York el apoyo de norteamericanos  e ingleses, e intenta el desembarco en Venezuela. En el mes de febrero fracasa en su misión pero tiene éxito en agosto del mismo año, con el apoyo del gobernador inglés de Trinidad, aunque luego debe abandonar su tierra natal al no recibir el respaldo que había imaginado de parte de sus compatriotas. Tuvo una nueva oportunidad en 1810 cuando es convencido por Simón Bolívar (de misión diplomática en Londres donde se contacta con Miranda) de regresar a Venezuela y lo hace con el rango de Generalísimo. Luego de firmarse el Acta de la Independencia de Venezuela debe enfrentar a las fuerzas realistas que invaden el territorio, las cuales se alzan con la victoria y se ve obligado a deponer las armas. Esta fue la última aparición pública del Precursor, terminando sus días en una celda de la Inquisición en España.

Tuvo Francisco Miranda, más éxitos militares durante la guerra de la independencia norteamericana y la revolución francesa (su nombre está grabado en el Arco de Triunfo de Paris) que en su propia patria;  pero su visión integradora, ahora mucho menos ambiciosa, es recogida por Simón Bolívar quien logra plasmarla en la efímera República de la Gran Colombia.

Hay diferencias abismales en las visiones sobre el futuro de América, entre José de San Martín por una parte y Francisco Miranda y Simón Bolívar por otra.   

Sobre nuestro Padre de la Patria ya nos hemos extendido más que suficiente. Francisco Miranda y Simón Bolívar tenían, con diferentes matices diría geográficos, un arraigado concepto de que la unión territorial después de la ruptura con la metrópoli, debía asegurarse a toda costa. Garantía de grandeza nacional y respeto internacional. Ya lo expone Miranda en su proyecto de una América hispanoparlante en 1798 y Bolívar en el Manifiesto de Cartagena (1812), la Carta de Jamaica (1815) y el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826); a tal punto que Bolívar ve con desagrado la declaración de independencia de Bolivia luego de la victoria del Mariscal Sucre en Ayacucho. La república hermana lleva ese nombre en homenaje al Libertador con el afán de aplacar los ánimos.

Cumpliendo Bolívar su misión diplomática en Londres, solicita al gobierno británico su apoyo para la causa de la independencia sudamericana. Recibe la misma respuesta que Francisco Miranda algunos años antes.

Era evidente que el Imperio Británico visualizaba a Francisco  Miranda y a Simón Bolívar de manera diferente que a José de San Martin; y así fue la relación  que estableció con ellos. Si bien eran los dos primeros, hombres con contactos de primerísimo nivel internacional y también con una muy atractiva y decidida voluntad de echar a España de América, eran al fin y al cabo, dos jóvenes absolutamente convencidos de la necesidad de conservar la unidad territorial y política del continente. Además de la adhesión de ambos a las ideas del enciclopedismo, la ilustración y las formas republicanas.

El apoyo a Francisco Miranda en su primer y segundo desembarco en Venezuela en 1806 como relatábamos más arriba, fue con colaboración inglesa, podríamos decir, “no oficial”. Inglaterra ese mismo año pone todos sus recursos, invadiendo por primera vez, las costas de Buenos Aires con su ejército regular.

De la misma manera “no oficial”, Simón Bolívar recluta entre sus filas a ex militares británicos (ingleses, escoceses e irlandeses); es decir, mercenarios, una suerte de corsarios de a caballo.

José de San Martín, por el contrario, diría que pertenecía al círculo íntimo del poder británico;  formaba parte de la red, del entramado de viajeros, comerciantes, espías, militares, lores, embajadores y representantes de la corona, con los cuales mantenía una muy fluida relación personal. Era el “hombre de confianza”, además de su indudable talento militar, organizativo, espíritu de sacrificio y como frutilla del postre, secesionista y de ideas monárquicas. Los cuatro historiadores argentinos mencionados más arriba, se extienden en este tema con sumo y muy documentado detalle.

Del fracaso conjunto entonces, de ambos próceres venezolanos, también estamos pagando graves consecuencias.

 

La Integridad Territorial de la Sudamérica Lusitana

Que a nadie le quepan dudas: a la República Federativa de Brasil  la componen hoy día 26 estados miembros, solo porque el Imperio Británico en el Siglo XIX así lo quiso.

Para comprender como no solo las colonias portuguesas en Sudamérica lograron preservar su unidad territorial, sino además extenderla a costa de territorios españoles,  es imprescindible rastrear la relación que forjaron Portugal e Inglaterra a partir de la segunda mitad del siglo XVII. El Reino de Portugal se constituye en 1640 cuando logra separarse de la corona española.

Por entonces Inglaterra jugaba su destino en una guerra fratricida, entre una república o una monarquía (absoluta o parlamentaria). En busca de aliados para sostener el flamante reino contra cualquier intento de España de acabar con él, los portugueses apoyan la causa realista en Inglaterra en contra de los republicanos. Sella un pacto con los Estuardo donde concede, entre otras cosas, algo muy apetecible para la Albión: autorización para comerciar con sus colonias de Sudamérica. Contrariamente a España, que defendía de manera obstinada el monopolio comercial con sus dominios.

Cuando la suerte de las armas se inclino a favor de los republicanos, las relaciones con Portugal se tensaron y terminan con un acuerdo donde Portugal amplia concesiones a Inglaterra y ésta, a través de Oliver Cromwell, el hombre fuerte de la fugaz  república, se compromete con el respaldo a Portugal frente a España.

Al caer la república y restaurarse la dinastía de los Estuardo, la alianza entre Inglaterra y Portugal queda sólidamente ratificada en un nuevo acuerdo también de importantes concesiones comerciales para los ingleses y valiosa asistencia militar y naval para Portugal. La relación política entre ambas potencias queda remachada con un ansiado matrimonio dinástico.

La alianza entre Portugal e Inglaterra resistió el paso del tiempo. El propio Napoleón Bonaparte termina, es cierto, invadiendo España, hecho del cual estaría profundamente arrepentido, pero su primer acto fue pedir permiso a las autoridades españolas para atravesar su territorio (permiso que le fue concedido) y atacar Portugal. Este país era la cabeza de playa de las fuerzas británicas y el Emperador ya no podía atacar por mar, especialmente luego de la derrota en Trafalgar.

La conclusión es que el Imperio Británico no tenía entonces, ninguna necesidad de desmembrar lo que hoy es Brasil. No solo comerciaba libremente con él, sino que además tenía a las colonias españoles a tiro de culebrina.

La permanente agresión a los dominios españoles, ignorando lo convenido en el Tratado de Tordesilllas, fue funcional a los intereses de Inglaterra. Tanto en su versión colonial como en la de imperio independiente, las autoridades de Río de Janeiro no se detuvieron en su avance hacia occidente; o tolerando, cuando no alentando, la incursión de los bandeirantes por el norte o con su ejército regular por el sur. Vale recordar que la parte sur occidental del actual territorio del estado de Río Grande do Sul, como transitoriamente la Banda Oriental, fueron arrebatados al Virreinato del Rio de la Plata y a las Provincias Unidas respectivamente.

Brasil tuvo tres experiencias secesionistas bajo la vigencia del Brasil independiente: la Confederación del Ecuador en 1824 que abarcaba Ceará, Paraíba, Río Grande do Norte y Pernambuco; la República de Río Grande en 1835-1845 y la República de Santa Catarina, también llamada República Juliana en 1839; sueños separatistas a los que le pone fin el ejército imperial.

En este punto en importante recordar al marino británico Thomas Cochrane. Militar extremadamente audaz, valiente, ingenioso y de temperamento rebelde que le valió la baja y deshonra de la Armada Real en 1817 y restablecida en 1832. Durante esos 15 años anduvo de correrías, entre otros sitios, por Sudamérica. Lo hacía al estilo corsario, es decir, cobraba sus “honorarios” echando manos al fondo o botín del que lograba apoderarse.

Thomas Cochrane fue el jefe de la flota naval, además, integrada exclusivamente por oficiales británicos; flota que traslado durante esa época, las fuerzas de José de San Martín de Chile a Perú. Pero también lo vemos actuar en la costa atlántica de Brasil.

En 1823 Bahía estaba aún bajo control portugués (recordamos que Brasil se declara independiente en 1822) y es entonces cuando el marino británico bloquea Bahía y logra la capitulación del último bastión lusitano. El intento secesionista de la Confederación del Ecuador de 1824 que mencionábamos más arriba, también en el contexto del Brasil independiente, es blanco de la artillería del la flota de Cochrane, la que obliga la rendición de la efímera Confederación y el retorno a la unidad territorial brasileña.

A pesar de haber estado Thomas Cochrane durante ese período sancionado por la Armada Real, conserva intacta la visión estratégica del Imperio Británico para Sudamérica. Es separatista en el Pacífico a costa de las colonias hispanas e integrista en el Atlántico, ayudando a consolidar la unidad política del Brasil.

Con la inauguración de la República Oriental del Uruguay, el Imperio Británico aseguraba la libre navegación de los ríos de la cuenca y ya  contaba con acuerdos de libre comercio con el Imperio de Brasil, razón más que suficiente para no enemistarse y debilitar al socio; por lo tanto, que riograndenses, catarinenses y pernambucanos  continúen siendo brasileños. El camino quedo allanado para que hoy y enhorabuena, Brasil sea reconocido como una potencia de segundo orden.

Siglo XIX; dos imperios en armonía, comerciando con el azúcar y traficando con esclavos uno de ellos y el otro introduciendo libremente sus manufacturas. Que más pedir. Los británicos tenían las manos libres para lidiar con el nacionalismo  cerril y obstinado de los federales de la Confederación Argentina y de los blancos de la República Oriental del Uruguay, enfrentados respectivamente a unitarios y colorados.  Ecos de una controversia entre nacionalismo y libre comercio, que aún resuena en nuestros días.

 

 

La Unión de la Sudamérica Hispana

De las nueve “repúblicas”, es la Argentina la que está un peldaño por encima del resto de sus hermanas. Por extensión territorial, por abundancia de recursos naturales, por variedad climática, por su importante desarrollo nuclear y aeroespacial, por su vasta red fluvial y litoral marítimo;  por contar con una minoría poblacional altamente calificada en distintas ramas de la ciencia; minorías como las hay también entre el vecindario hispano parlante, pero con el respaldo de tres Premios Nobel, dos en medicina y uno en física. Premios Nobel como el obtenido por el venezolano Baruj Benacerraf en ciencia y el austríaco Antón Zeilinger en física, en cuyo equipo colaboraba la científica uruguaya Eugenia Benech. Este breve inventario es, por una parte, con el fin de tratar de entender como la Argentina no despega de su atraso relativo y sigue atrapada en un movimiento pendular que – y no es un juego de palabras- la inmoviliza. Por otra parte, si logramos echar algo de luz sobre el tema, sería ocioso indagar luego en las razones del permanente estado en “vías de desarrollo” de los otros ocho países vecinos.

Es necesario repasar aquí, la historia de la Europa Occidental y los EEUU, para entender un poco porque nuestro país es como es. El siglo XVIII fue testigo en esa parte del mundo, de profundos cambios en la cultura, en la política y en la economía, y sus pueblos podemos decir, experimentaron un salto notable en su modo de pensar y gestionar su vida diaria. En el ámbito de las ideas, la ilustración y el racionalismo, puso al hombre en el centro de la escena. La ruptura confesional con la Iglesia de Roma, abrió las puertas a la libertad de pensamiento y a la innecesaria mediación de un vicario para que el individuo “contacte” con Dios. Perseguir ganancias en una actividad mercantil dejo de ser un pecado y planta la semilla del desarrollo capitalista. El invento de la máquina a vapor (la Revolución Industrial) transforma de una vez y para siempre la manera de agregar valor y la mano de obra da un enorme salto en su productividad. El absolutismo monárquico abandona el escenario y es reemplazado por la división de poderes, bajo la forma republicana o monarquía parlamentaria. El conocimiento científico no se queda atrás. Hoy día la Inteligencia Artificial tiene entre uno de sus principales pilares, el cálculo infinitesimal, descubierto casi en simultáneo por Isaac Newton y Gottfried Leibniz, matemáticos del siglo XVIII. La revolución en el pensamiento facilito la aparición del modo capitalista de producir.

Por supuesto que todo ese desarrollo no transitó sobre un camino de rosas, pero lo cierto es que las piezas se habían ensamblado en un todo absolutamente coordinado donde fundamentalmente la democracia y el sistema capitalista pasan a ser una unidad indivisible, por lo menos, reiteramos, en la Europa Occidental y en los EEUU. Podríamos decir además, que fue un desarrollo “natural” y “genuino” (además de violento por supuesto, donde se derramo sangre entre hermanos), sin necesidad de “forzar” la historia.

Requirió de un fuerte compromiso nacional por parte de sus dirigentes y de su pueblo, de un talento innovador, asunción de riesgos, espíritu ahorrativo y vocación de reinvertir en la acumulación de capital y fundamentalmente un vigoroso mercado interno. Cuando este mercado aún era débil, inventaron el buque frigorífico, abarataron los alimentos provenientes de otras partes del mundo, logrando un aumento real en los salarios (1815-1850); parte de los cuales se pudieron destinar entonces, al consumo de bienes manufacturados.  El lector que ha llegado a este punto, se habrá percatado de mi muy escasa o nula simpatía por Inglaterra, aunque no puedo dejar de admirarla por su decidido espíritu nacional. Una cosa no colisiona con la otra.

 La libre competencia, una de las piedras angulares de la teoría económica, fundada y divulgada por filósofos y economistas del Reino Unido, no era de aplicación, por lo menos, de fronteras afuera; se la eliminaba a como diera lugar. Por lo menos hasta fines del siglo XIX, no necesito Inglaterra de especialistas en marketing para abrir nuevos mercados; cuando no era suficiente con su armada y sus cañones, echaban mano a algún padre de la patria para el trabajo sucio. En esto eran contestes tanto los whigs como los tories.

 

Nada de eso ocurrió por estas tierras.

Vivimos en un sistema capitalista aparente, ni siquiera pre capitalista, porque por definición, significaría que nos encaminamos a un sistema capitalista y nada más lejos de ello. Solo existen en el país “bolsones” de actividad empresaria capitalista. El agro es un ejemplo; escenario de casi cuarenta años del inicio  de la llamada Revolución Verde, donde jóvenes dirigentes (propietarios, arrendatarios o directivos) ingenieros agrónomos en su mayoría y de fuerte perfil tecnológico, dieron vuelta como un guante la forma de explotar el recurso, logrando niveles muy altos de rendimientos por hectárea. Introdujeron tecnología de vanguardia y la IA ya está haciendo pié en esta actividad económica; actividad que conlleva como su satélite, el crecimiento del polo agro-industrial e ingeniería genética. La Revolución Verde se llevo por delante a la vieja oligarquía terrateniente y su modelo de explotación extensivo. Solo sobrevive en la ideología setentista de la izquierda progresista y semiculta.

Las pequeñas y medianas empresas también actúan conforme al modelo capital-trabajo y las que no pueden abrirse camino en el mercado externo, tratan de sobrevivir en el ámbito local. Su desempeño en la economía informal es muchas veces, la forma de no desaparecer.  Las automotrices, siderúrgicas, biotecnológicas, etc., también forman parte de esta organización donde convergen capital, tecnología, automatización y reducidas plantillas de recursos humanos altamente calificadas.                                                

Visto globalmente y pese a todo, no logran conformar un sistema económico integrado y sostenible en el tiempo propios del capitalismo.  Crisis recurrentes; un paso adelante y un paso atrás; no acertamos el rumbo.

Según mi punto de vista, estas nueve “repúblicas”, nacieron como astros orbitando el mundo europeo económica y socialmente desarrollado, aportando el producto casi excluyente de sus actividades extractivas: cobre, petróleo, estaño, café, alimentos. Mero exportadores de commodities sin valor agregado, sujetos a los vaivenes del precio internacional. Nos quedo la impronta de una Sudamérica de habla hispana de cara al mercado externo y desatendiendo el desarrollo fronteras adentro. De aquellos barros son estos lodos.

La industrialización en nuestro país, se manifestó con marchas y contramarchas. Si no hubiera existido, por ejemplo,  una fuerte industrialización previa, el 17 de Octubre de 1945 hubiera sido un día más en el almanaque.  

A períodos de industrialización le sucedieron periodos de desindustrialización en estos 125 años de historia. Como dijimos más arriba, un paso adelante y un paso atrás. La última y decidida política industrial que recuerde, fue a fines de los años 50 con fuerte impulso a las automotrices.

De la manera en que se pudo y sin un programa de industrialización a largo plazo que le asegure a una población de ritmo creciente, puestos genuinos y salarios por lo menos acorde a la productividad, se ha llegado a este presente. Gran parte de la población económicamente activa, busco refugio seguro en el empleo público, fenómeno particularmente abrumador en las administraciones provinciales.

La evasión fiscal es el  “modus operandi “entre las grandes empresas y con el agregado de la evasión previsional entre pequeños y medianos empresarios, muchas veces como ya dijimos, con el fin de sobrevivir, se convierte en una combinación explosiva que pone al Tesoro Nacional en permanente estado de desequilibrio. La evasión previsional, la robótica, el automatismo fabril, la extensión de la expectativa de vida de la población fruto de los avances en ciencia y medicina, ponen al sistema previsional en híper crisis, pasando a depender su existencia de los libramientos del Fisco; y cuando no se recauda lo necesario, se recurre a la emisión  monetaria o al endeudamiento.

La escasa dimensión del mercado interno, con un 40% de pobreza y un 60% donde buena parte de él apenas cubre sus necesidades elementales, la ausencia de políticas económicas y legales sostenibles en el tiempo que atraigan inversión productiva, la urgencia empresaria por amortizar su inversión en el menor plazo posible a elevadas tasas de ganancias sobre dólares, el permanente déficit fiscal, convierten a la inflación en el enemigo público número uno.

El flagelo inflacionario comenzó a manifestarse en nuestro país, a mediados de la década de los setenta y aparecen  por primera vez en nuestra historia económica, índices anuales de tres y hasta cuatro dígitos. El tristemente célebre Rodrigazo fue un punto de inflexión en nuestra vida económica y social, dejando huellas imborrables en la memoria  colectiva. A la hiperinflación la acompañaron sucesivos “corralitos” y se logró que nuestra moneda nacional pierda prestigio como reserva de valor y le surgiera un competidor en esa función: el dólar estadounidense. Antes  de 1975, prácticamente  no se escuchaba hablar del dólar, se ignoraba su cotización; el común de las personas no sabía que eran las reservas del BCRA y mucho menos que era el FMI. Hoy día parece que aquellos individuos  y sus hijos, han hecho un curso acelerado de economía y finanzas.

La presión de la demanda sobre la divisa americana comienza a ser importante y toda revalorización de ésta moneda, impacta en los precios internos. Esos precios se vuelven elásticos al aumento en sintonía con el alza del dólar, pero en cambio son inelásticos a la baja cuando el precio de la divisa disminuye.  El control de las autoridades económicas sobre el valor del dólar, se torno algo así como la “madre de todas las batallas”. El dólar “planchado” predomino en las últimas décadas como la gran solución y frente al crecimiento de los precios internos, nuestros bienes perdieron competitividad internacional. La balanza comercial comienza a mostrar saldos en rojo a pesar de los elevados rindes de la actividad agrícola y el déficit comercial a cubrirse con endeudamiento externo, obviamente en la moneda que escasea.

Se constituye un “modelo” injusto y obscenamente especulativo: los pasivos en dólares en cabeza del BCRA y a solventar por toda la ciudadanía y la contracara, el activo, en manos de un puñado de argentinos en cuentas bancarias del exterior. Estos últimos operan sofisticadamente manteniendo posiciones en pesos a tasas pasivas por lo menos cercanas a la inflación y pasándose a dólares en vísperas de una devaluación. Como resultado esta especulación financiera, asegura una  tasa de rentabilidad en dólares sumamente atractiva, desplazando a la economía real como actividad central del país; actividad que por lo tanto retacea ingresos fiscales y previsionales, reduce puestos de trabajo, restringe el ingreso de capitales para la inversión productiva y abona el camino para el alza de los precios internos. El sendero de la catástrofe es bien conocido: déficit de la balanza comercial, escases de reservas, crisis de la deuda externa, asistencia cómplice de los organismos financieros internacionales, promesas de cumplimiento de metas incumplibles, interminables renegociaciones con alguna quita trasladando el problema hacia adelante  y todo de nuevo a empezar.

 

Más arriba rechazaba la idea de llamar a la Argentina “país capitalista”; la expresión correcta sería “sistema especulativista”. Sistema delictivo y sumamente eficiente que requiere para su funcionamiento una importante dosis de corrupción la  que atraviesa horizontalmente a todo el cuerpo social. Los plebeyos la ejercen con afán de supervivencia y para los dirigentes es la “razón de sus vidas”.

En mayor o menor grado, la corrupción campa a sus anchas por todo el mundo; parecería que está en la naturaleza del ser humano; pero ocurre que las economías desarrolladas la pueden amortiguar y absorber con notable facilidad, en cambio por estas tierras todo se transforma en países al garete.

1975 fue un año bisagra y tuvo varios efectos en  nuestras vidas, pero dos se destacaron en particular: la redefinición de la “grieta” que siempre imperó entre nuestra población  desde los tiempos de unitarios y federales, y la transformación de la naturaleza del movimiento obrero argentino.

Se reinventaron, diría yo,  los dos bandos o facciones que existieron desde la época de los Generales Dorrego y Lavalle hasta el presente, bajo férreas ideologías denominadas vulgarmente cada una de ellas, como “liberales” por un lado y “progresistas” o “populistas” por el otro. Lo de férrea opera particularmente para la gente que adhiere ciegamente a uno u otro bando, casi con una fe religiosa y los caracterizo como ciudadanos intoxicados ideológicamente. Son lo más cercano al fundamentalismo y declaran a los miembros de la facción contraria como enemigos y no como simples adversarios. Otra vez unitarios vs. federales. Sus posiciones ideológicas son irreductibles y se mueven por sentimientos y emociones. En cambio buena parte de los dirigentes políticos de ambas facciones, son maleables en su “compromiso ideológico” y están siempre dispuestos a mudarse de bando sin culpa alguna.

A ambos grupos facciosos los podemos redefinir en función del contraste entre lo que dicen y lo que hacen; como una suerte de oxímoron. Los liberales dan cátedra de las ventajas de la libertad de mercado, ausencia de la intervención estatal, etc. pero gobiernan para los oligopolios; son por lo tanto “libremercadistas oligopólicos”. Los populistas conviven de mala gana con el estado de derecho (sentimiento que comparten también con los “libremercadistas oligopólicos”) porque su auténtica visión es la de partido único, pensamiento hegemónico y demagogia estatal; podríamos llamarlos  “demócratas estalinistas”. El Estado es para ambos un botín de guerra y el país un guante que lo dan vuelta del revés y del derecho cada tantos años. Suma cero.

 

Fui testigo desde los ventanales de mi oficina en la segunda mitad del siglo XX, de las masivas manifestaciones en Plaza de Mayo de trabajadores industriales (OUM, SMATA, plásticos, textiles, UOCRA, etc). Fue una de las últimas apariciones públicas del proletariado manual sobre los que depositaba, parte de la filosofía clásica del siglo XIX, la misión de construir un mundo nuevo. La izquierda estudiantil de entonces, padres de los “demócratas estalinistas” de la actualidad, rebozaban de alegría, pero la masa trabajadora coreaba otras consignas y enarbolada otras banderas.

La vigencia de la convertibilidad entre abril de 1991 y enero del 2002, fue un drástico plan de ajuste antiinflacionario que prácticamente barrió con la estructura industrial del país y acento el primer golpe a los trabajadores manufactureros. El golpe definitivo se los da la transformación tecnológica, reemplazando el trabajo manual por la robótica y la aparición de reducidas nóminas de personal altamente calificado. El peronismo como se lo conoció en los años cuarenta, encaro  rumbo a su transmutación definitiva, junto con su columna vertebral. Solo quedan la marcha y los  retratos de la pareja fundadora. Los gremios predominantes actualmente son los de servicios: transportistas, empleados de comercio, gastronómicos; aunque para ellos también tocan a degüello; el vehículo sin chofer, las cadenas de compras por internet y el camarero robótico están al asecho. Bancarios y seguros ya han experimentado el rigor del cambio tecnológico.

Hoy día los “demócratas estalinistas” se alinean detrás de causas, independientemente que sean justas o no, tal como el reclamo de  jubilados, la diversidad de género, el matrimonio igualitario, la misandria feminista, el lenguaje inclusivo, el aborto, el indigenismo, la causa de las  madres y de las abuelas, etc. Se hacen eco de un ferviente antimilitarismo, piedra angular de esta “democracia” inaugurada hace 45 años y si hablan de Malvinas es para denostar a la cúpula militar responsable de la gesta y del heroísmo, ingenio y profesionalismo de los que actuaron en el campo de operaciones, ni una palabra. Se han convertido en un “ateneo juvenil” y juegan a la revolución bolchevique. Patéticos.

Entre algunas de las diferencias más destacables de la gestión económica de uno y otro bando, se pueden enumerar las siguientes: reducir el estado más allá de lo necesario, licuar los salarios, enlentecer el ritmo de ajuste de los haberes jubilatorios, retrasar el tipo de cambio, liquidar empresas del estado a precio vil para cancelar deuda; es de manual para los “libremercadistas oligopolicos”. Por otro lado los “demócratas estalinistas” encaran el “desarrollo” “poniendo plata en el bolsillo de la gente”, vía atrasos tarifarios, innecesario sobredimensionamiento del aparato estatal, generosos subsidios cuyo sistema de reparto fomenta la aparición del “espíritu emprendedor” de oscuros “punteros políticos” corruptos y semi analfabetos. Dineros públicos distribuidos alegremente sin contrapartida de valor añadido y pistoletazo de largada para el alza de precios. También de manual.

Ambos grupos facciosos practican por igual el amiguismo y el nepotismo con total descaro  y desparpajo.

Los cuatro u ocho años de “exitosa” gestión de los “libremercadistas oligopólicos” preparan el camino para los próximos cuatro u ocho años de gobierno de los “demócratas estalinistas”, que luego de transcurrido su período de “éxitos”, allana el camino para el retorno de los primeros; y así sucesivamente como un carrusel diabólico que siempre regresa al punto de partida.

Hasta el año 1916, los presidentes argentinos fueron elegidos por “acuerdo entre notables”. A partir de ese año y hasta nuestros días (109 años de historia) se alternaron siete etapas de vida democrática y seis etapas de dictadura.

La última de aquellas siete etapas de “vida democrática”, es decir la actual, nos cayó del cielo  poco después de la rendición de Puerto Argentino (en un próximo artículo expondré las razones de esa infausta rendición). Los militares dejan de contar con la confianza y el beneplácito el Departamento de Estado y tocan a retirada. Desde Río Grande hasta Tierra del Fuego, florecen las “democracias” como los hongos. Todo el mundo se vuelve “demócrata” de la noche a la mañana. Son remedos de democracia, parodias, sistemas espurios, desfile de personajes extravagantes, esperpentos que dan vergüenza ajena, desde un bando y del otro. Que hubo excepciones, por supuesto, el ya nombrado Julio María Sanguinetti, Don José Mujica, Raúl Alfonsín, Eduardo Freire, y algún otro del que lamento olvidarme, pero son minorías en el continente. En la página “eldiarioar.com” del 12/09/2025, se publica una lista de 20 ex presidentes latinoamericanos enjuiciados en los últimos años. Y eso considerando que el sistema judicial es una de las patas más defectuosas del sistema; no quiero pensar de que tamaño sería esa lista si no existiera el obsceno maridaje entre el Poder Judicial y los otros poderes.  En particular la clase política argentina, salvo contadas excepciones, deshonró la memoria de los caídos en la Guerra de Malvinas y de aquellos sobrevivientes, que acorralados por la indiferencia y el abandono, decidieron quitarse la vida. Honra y honor para todos ellos.

Resultó ésta “democracia”, en resumen, como un traje de talla estándar, y en donde no resulto demasiado ajustado fue demasiado holgado. No fue un renacer democrático de manera “natural”, de fluidez histórica, de largo y fecundo proceso de maduración en todos los ámbitos del conocimiento humano, como sí ocurrió en la Europa Occidental y los EEUU y que de tal manera lo relatamos más arriba. En otras palabras, un verdadero mamarracho.

¿El sistema es perfectible? Por supuesto, pero no va a ser producto de nueve intentos individuales a emprender por cada una de las nueve piezas del puzle; deberá ser necesariamente parte integrante de la definición y concepción jurídica de una Nación conformada por las nueve provincias hermanas. Aunque parezca tremendista, frente a los profundos cambios en el mundo actual, que a nadie le quepan dudas, el axioma es: unidad o muerte.

¿Por qué es imperiosa la unidad política de las nueve “repúblicas” sudamericanas de habla hispana? ¿Cuáles son los fundamentos para que esa unidad tenga asidero? ¿Es una tarea sencilla? Son las tres preguntas claves que iremos desgranando seguidamente.

 

¿Por qué es imperiosa la unidad política de las nueve “repúblicas” sudamericanas de habla hispana?

Actualmente somos testigos de un importantísimo reacomodamiento de las piezas en el tablero internacional, que tendrá inexorablemente repercusión en nuestras vidas.

Está nada más y nada menos que en disputa el liderazgo mundial. El escenario hoy día, desde mi punto de vista, es el intento de los EEUU de recuperar el trono que ocupó luego del fin de la llamada Guerra Fría en 1991 y aceleración del proceso conocido como “la globalización”. ¿Lo conseguirá EEUU, sí o no? No lo podemos saber, lo que si vemos es una acción desesperada por parte de éste país arremetiendo a saco, y frente a él un pequeño grupo de potencias económicas y militares de primer y segundo orden, reunidas en un club (BRICS) y dispuestas plantarle cara y a modificar el orden mundial. Por otro lado, los 27 estados de la Unión Europea mirándose desconcertados, aterrorizados y sin atinar con el camino correcto, aferrados a la OTAN, que a estas alturas es lo más parecido a un salvavidas de plomo.

¿Y nosotros, los sudamericanos hispano parlantes? Seguiremos mirando desde el balcón como otros se encargan de organizarnos la vida?.  Luego cuando se asiente la polvareda, nos dirán en lo que debemos invertir, en lo que no debemos; en qué áreas del saber y la economía debemos enfocarnos y cuales debemos dejar aparcadas a un costado. Sería remachar nuestro atraso y decadencia.

El momento es clave. O las nueve provincias se ponen de pie o mueren de rodillas.

Las Provincias Unidas de Sudamérica, reunión de nueve estados soberanos, deben adquirir el status jurídico y político de la República Federativa del Brasil, y marchar junto a ellos en alianza indisoluble, dentro o fuera del BRICS.

Debemos poner fin a nuestras discusiones de campanario;  discusiones sobre ideologías pasadas de moda que se cancelan entre sí, inmovilizándonos y dividiendo a las familias y a los amigos.  En otras palabras: levantar la mira y poner el destino en nuestras manos. Nuestro futuro está en juego.

¿Cómo concibo esta nueva y flamante Nación? En el plano económico, para empezar. Un aspecto clave: la existencia natural de un poderoso mercado interno que permite echar vuelo a nuestra imaginación. Vayamos a los números: entre Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia, somos 221.810.000 habitantes, de los cuales el 36.79% viven en la pobreza. De los otros 140.196.101 pobladores, podemos suponer que un 33% llega apenas a cubrir sus necesidades básicas; por lo tanto tendríamos un mercado dispuesto a consumir productos, servicios y hasta bienes culturales de la más vasta variedad, calidad y precios, de aproximadamente 46.265.000 ciudadanos, es decir un 20.86% del total de habitantes. Apuntando a ese vigoroso mercado interno, sería necesario poner el acento en el estímulo, fomento, promoción y protección de la economía del conocimiento, que ya existe con un interesante nivel de desarrollo en varios estados miembros, pero ésta vez como resultado de políticas gubernamentales enfocadas en ello y no tanto como emprendimientos fruto del esfuerzo y la enjundia de sus directivos, siempre luchando contra la inestabilidad económica y la falta de certezas a mediano y largo plazo. Entiendo por economía del conocimiento a la orientada a la robótica, la ingeniería molecular, la biotecnología, la IA,  el diseño de dispositivos  electrónicos, microchips, aparatologia médica, industria bélica, energías renovables, genética, desarrollo aeroespacial, nuclear, etc.

Contar con un importante mercado interno para este sector de la nueva economía, es fundamental. La amortización de los equipos de producción ya no se mide tanto por el agotamiento de su vida útil como en la economía de las “chimeneas”, sino más bien por “caducidad generacional”. Es decir frente al acelerado desarrollo tecnológico, una nueva generación en este aspecto, vuelve a la precedente obsoleta en un breve período. Por lo tanto los grandes volúmenes de venta son cruciales para una rápida amortización. De ahí la importancia de un robusto mercado interno. Los bienes producidos también dejaron de ser “para toda la vida” y una cultura consumista ya instalada no se resiste a la última novedad tecnológica.

El desarrollo de la economía del conocimiento deberá tener hasta su completa maduración y sostenibilidad, protección arancelaria; una vez alcanzada ésta, podrá competir internacionalmente. Ni delirio proteccionista, ni delirio liberal; según el ritmo de nuestra conveniencia nacional. Puro pragmatismo, sin interferencias ideológicas o espurias maniobras interesadas.

Por definición, es un sector de reclutamiento de limitado número de profesionales altamente calificados, lo cual los convierte en una masa laboral de elevada productividad. El efecto multiplicador de éste sector es extraordinario, requiriendo de enormidad de servicios y desarrollos asociados, generando amplia variedad de puestos de trabajo de perfiles ya no necesariamente tan destacados, pero sí bien formados.

El requerimiento de un sistema de educación pública y privada de la más alta excelencia marcha a la par. Si concebimos un Estado con las dimensiones mínimas necesarias, sin lugar para el clientelismo y el nepotismo retrógrado, gestionando con la máxima jerarquía las áreas de salud, seguridad y educación como ya mencionamos y si el volumen del PBI acompaña, quizás no necesitemos de una presión tributaria a todas luces confiscatorias como las actuales. Probablemente hasta logremos aumentar la recaudación fiscal y desalentar la evasión. El equilibrio fiscal debe ser una meta que alcanzarla, no signifique un festín de injusticias y abusos. No deben pagar justos por pecadores, como habitualmente ocurre, en donde los jubilados, por ejemplo,  financian en buena medida, a la mediocre e ineficiente clase política, que además autorregulan sus ingresos con una alegría insoportable.

 

Las Provincias Unidas de Sudamérica, deberán tener instituciones exclusivas a nivel nacional, tales como: el Comando Unificado de las tres Fuerzas Armadas, la Corte Suprema de Justicia, el Poder Ejecutivo Nacional, la Cámara de Senadores y Diputados, la Cartera de Exteriores, el Banco Central, la Administración General de Puertos y Aeropuertos, los Entes Reguladores de Servicios Públicos, la Administración Nacional de Aduanas y la Auditoria General de la Nación.

Las provincias deberán contar con un  Poder Ejecutivo, Cámara de Diputados, Poder Judicial y ministerios que también se replican en la Nación, como los de Economía y Hacienda, de Interior, de Salud, de Educación. De las nueve provincias dependerán los municipios con su Jefatura de Gobierno y la estructura administrativa necesaria.

Uno de los objetivos de éste aluvión de ideas, tiene que ser la mejora en  la calidad de la que carecen las nueve “democracias” actuales. No hay mucho para imaginar al respecto, pero como mínimo deberíamos asegurar un funcionamiento lo más cercano a la transparencia y a la eficiencia de cuatro instituciones nacionales claves: la Corte Suprema de Justicia (CSJ), el Banco Central (BC), los Entes Reguladores (ER) y la Auditoria General de la Nación (AGN). Se trata de buscar los contrapesos que aíslen ciertas funciones de la influencia política, reduciendo en lo posible el contubernio y el tráfico de influencias. Por ejemplo la CSJ debería tener nueve miembros y solo nueve, cada uno de ellos nativo de una provincia diferente; así mismo una mezcla entre los miembros de los poderes judiciales provinciales. El BC, los ER y la AGN, como los jueces  la CSI, deben tener directorios de nueve miembros y con sus mismas características. Tienen que ser organismos verdaderamente autárquicos, eligiendo entre sus directivos aquellos que reúnan los méritos académicos suficientes. Los candidatos podrían ser elegidos por los miembros de los Consejos Profesionales de abogados, ciencias económicas e ingeniería respectivamente, con la asistencia de una consultora en recursos humanos que llame a concurso público y ponga en juego su prestigio evitando toda connivencia con la política.

La mezcla de funcionarios nativos de cada una de las provincias federadas, debería despertar una natural suspicacia entre ellos y gestionar por lo tanto, de acuerdo al derecho, a la reglamentación estatutaria y protocolar de cada institución. Es decir, un recelo que los induzca a cuidarse un poco y no a actuar con tanta impunidad.

Algunas de las instituciones exclusivas a nivel nacional mencionadas más arriba, tales como el Comando Unificado de las tres Fuerzas Armadas, la Cartera de Exteriores, el Banco Central, la Administración General de Puertos y Aeropuertos, los Entes Reguladores de Servicios Públicos, la Administración Nacional de Aduanas y la Auditoria General de la Nación, generaran una sinergia y una importante economía de escala en la burocracia estatal.

Ahora bien, ¿quién o quienes se ponen al timón de semejante epopeya? Se me ocurren dos importantes factores de poder, por su organicidad, cohesión y visión estratégica, pues si alguien aún las tiene, no pueden ser otros que ellos. Me refiero a las Fuerzas Armadas y al empresariado nativo, grande, mediano y pequeño. En este punto es importante evitar a los “testaferros”, a los CEOs de empresas extranjeras y a la  influencia de alguna pícara embajada.  Como candidatos para esta cruzada, las organizaciones del trabajo han dejado de ser factores de poder determinantes y las que aún sobreviven, me los imagino como obstáculos para el imparable cambio tecnológico.

Demás está decir que éste proyecto, deja en el camino el Mercosur y la UNASUR, organizaciones ideadas por la clase política y que se han revelados de escasa utilidad.

 

¿Cuáles son los fundamentos para que esa unidad tenga asidero? ¿Es una tarea sencilla?

La historia de la Sudamérica Hispana la podemos dividir en tres grandes etapas; el Imperio Inca, la dominación española y la ruptura con la metrópoli. El tránsito de una etapa a la siguiente, estuvo impregnada de sangre, traición y muerte. Pero así y todo, cada una de ellas arrastra cierta impronta de la anterior o anteriores. Hoy convivimos con una numerosa población de compatriotas de las etnias quechuas, aymarás, cañarís, qeros, huancas, todos descendientes de los incas, que conservan sus costumbres y culturas. Del dominio español adoptaron el idioma sin perder el suyo y la fe cristiana combinada con sus creencias, en una especie de sincretismo religioso. En la actualidad, con la incorporación de la fuerte inmigración ítalo-española de fines del siglo XIX y comienzos del XX especialmente en el Río de la Plata, vivimos en una cierta armonía los 221.800.000 seres que poblamos esta parte del planeta, aunque para ser franco, con la existencia de importantes “bolsones” de retrógrada xenofobia.

De cualquier manera, es más lo que une a la mayoría, que lo que la separa. El idioma, la pila bautismal y la pasión por el futbol.

El imperio incaico, cuya capital era Cuzco (Perú), se extendió por casi todo éste territorio sudamericano, quedando solo fuera de él, los actuales estados de Venezuela, Paraguay y Uruguay. El imperio español, se organizó en Sudamérica en 1542 sobre la base del imperio inca, con la creación del Virreinato del Perú, sede y corazón de la actividad económica, militar, administrativa y religiosa. Incluía la actual Panamá pero no así a la actual Venezuela que era una Capitanía que dependía directamente de la corona.

Lo natural de la tercera etapa independiente, hubiera sido construir la nación que estamos proponiendo, conservando las fronteras de la antigua colonia,  de la forma y que por distintas circunstancias históricas – como ya lo relatáramos- lo lograra la República Federativa de Brasil.

La imponente cordillera andina, el ingenioso Camino del Inca; columnas vertebrales de las Provincias Unidas de Sudamérica, fueron testigos de su desmembramiento y desunión; quiera el destino que también sean testigos alguna vez de su reunión en una sola República.

La tarea no es sencilla. El lector a estas alturas estará convencido que esto es una ilusión, un desvarió, una utopía, una verdadera quimera. Me pregunto ¿quién hubiera imaginado en la década de los 80, que los países europeos constituirían un mercado común y que tendrían una moneda única? Sin embargo ahí los tenemos, 27 socios que además hablan 27 lenguas distintas, con un frondoso pasado de odios y mutuas masacres.

Pero si el lector tiene razón, nuestros países continuaran como hasta ahora, como el hámster en la rueda, con la ilusión de que en un giro providencial encuentre la salida.

“Alea jacta est” diría Julio César. “La suerte está echada.”